Debajo del asiento trasero de mi coche encontré algo que no debería estar allí.
A simple vista, parecía un globo seco, olvidado, o quizás un pedazo de basura sin importancia. Pero cuando me acerqué, un escalofrío me recorrió la espalda.

La superficie estaba cubierta de diminutas puntas afiladas… como si fueran dientes en miniatura.
No pude apartar los ojos.
Aquella cosa no parecía inerte. Daba la sensación de estar viva. O peor aún, de estar creciendo.
Tenía una forma curva, casi orgánica, como si hubiese reptado fuera de una pesadilla. Su “piel” era dura, cristalina, con protuberancias que recordaban al coral, pero más afilado, más hostil.
Por un instante creí que podía ser algo orgánico, un animal descompuesto, fosilizado con el tiempo.
Pero la verdad era aún más perturbadora.

No era un ser vivo. Era el resultado de una reacción química. Una cristalización de sal, lenta, silenciosa, invisible.
Algún objeto olvidado —quizá un aerosol con fuga, una batería deteriorada— había comenzado a derramar líquido bajo el asiento.
La sal reaccionó con el plástico, el metal, la tela. Y comenzó a crecer. Despacito. Como una criatura extraña, construida por el tiempo y el descuido. Lo que parecía una simple mancha era, en realidad, una advertencia:
corrosión, sustancias tóxicas, un peligro oculto.

La retiré de inmediato, con sumo cuidado.
Pero desde entonces no dejo de pensar:
¿cuánto tiempo llevaba eso ahí, a escasos centímetros de mí?
¿Y qué habría pasado si lo hubiera seguido respirando… sin saberlo?

