Cassandra contemplaba la pantalla del ecógrafo con el corazón desbocado. En un segundo, todo lo que creía saber sobre su amada serpiente, Reggie, se vino abajo.
Había temido una enfermedad, quizá un trastorno. Pero la verdad que se revelaba era mucho más siniestra.
Un escalofrío de lucidez la atravesó. ¿Cómo no había visto las señales? Cada vez que Reggie se enroscaba en su cuerpo, cada mirada que ella confundía con afecto…
ahora se le antojaban presagios oscuros. Dormir con él ya no parecía un gesto de cariño, sino una advertencia silenciosa.
Al principio había seguido las normas: terrario climatizado, cuidados constantes. Pero la soledad terminó por vencerla. Quiso más que una mascota: una compañía. Así fue como Reggie acabó compartiendo su cama.

Entonces empezó a cambiar. Rechazaba la comida, ignoraba pollo y conejo. Hasta que un día su extraña agitación encendió en Cassandra la alarma.
Las palabras del veterinario la golpearon como un mazazo:
—Entiendo lo que siente —dijo el Dr. Hanson—, pero sigue siendo un animal salvaje.
Su cercanía no es un signo de amor. Las pitones pueden ayunar durante semanas… esperando a una presa mayor. Y por lo que veo, eso es justo lo que está haciendo.
El mundo de Cassandra se tambaleó.

Todas esas noches compartidas, que creyó protección, no eran más que una paciente preparación. Reggie no la quería: la estaba esperando.
—No… es imposible —murmuró—. Reggie jamás me haría daño.
El doctor suspiró. —Piense en su seguridad. Déle un entorno adecuado. No es abandonarlo, es salvarlos a ambos.
Cassandra bajó la vista. Su corazón se resistía, pero la razón ya le había dictado la única decisión posible.

