Aquella tarde, con las calles casi vacías, un motociclista avanzaba a toda velocidad, deleitándose con el rugido del motor y la sensación de libertad absoluta.
La adrenalina lo dominaba y la carretera lo empujaba hacia lo desconocido.

Confiado en exceso, no reparaba en nada más, totalmente absorto en su trayecto.
De pronto, al llegar a un paso de peatones, su atención se detuvo en una escena inesperada:
una joven ciega acompañada de su perro guía.
Avanzaban despacio.
El perro conducía a su dueña con paso firme, consciente de su misión protectora, mientras ella lo seguía serena, confiando plenamente en su leal compañero.

