Ana quería escapar del bullicio de la ciudad y pasar unos días en la cabaña de su padre en el bosque. Con los primeros rayos de sol, tomó su cesta y se adentró entre los árboles para recoger leña y hierbas, una habilidad que había aprendido desde niña.
Sus pasos eran seguros, y el bosque le resultaba familiar y acogedor, casi como un segundo hogar.

El camino hacia el pantano tenía para ella un aire casi ceremonial; se detenía con cuidado para recolectar las hierbas necesarias y no se desviaba del sendero habitual, ni siquiera cuando la niebla lo cubría todo.
De repente, el silencio se volvió denso y extraño, los pájaros desaparecieron, y Ana percibió un fuerte olor a humo.
De la niebla emergió una visión inquietante: un pequeño helicóptero biplaza, medio sumergido en el pantano, con las hélices rotas.
Su corazón se aceleró.
Con unos cuantos golpes de hacha, abrió la puerta del aparato y se encontró con algo que casi la hizo caer de rodillas: no había cuerpos ni sangre, sino bolsas cuidadosamente colocadas, documentos y una luz de emergencia aún funcionando.
Las huellas alrededor del helicóptero conducían a tierra firme: el piloto había sobrevivido y logrado salir. Ana consultó rápidamente su brújula y se dirigió a la colina más cercana para alertar al equipo de rescate.
Los rescatistas llegaron al anochecer.
El helicóptero había tenido que realizar un aterrizaje de emergencia debido a una falla del motor, y el piloto fue encontrado a pocos kilómetros de distancia, cansado pero con vida.
Cuando el ruido de las hélices se apagó, el bosque volvió a llenarse de sonidos. Ana respiró hondo y miró su cesta de hierbas.
Había ido en busca de paz, pero encontró mucho más: un recordatorio de que incluso en los lugares más remotos, el destino puede cambiar el rumbo de manera inesperada.

