Los dos lobos subían con cuidado por las empinadas laderas, cada paso resonando con un leve crujido sobre las piedras. Gray se detuvo un instante, levantó la cabeza y observó el valle brumoso. Nada: solo árboles secos y cauces abandonados. Noir se agazapó junto a él, sintiendo la tensión de cada movimiento.

—Deberíamos avanzar un poco más —susurró Gray con voz ronca, casi fundiéndose con el calor del aire—. Quizás encontremos un arroyo después de la ladera. Noir asintió, respirando con dificultad. Cada gota de sudor en su pelaje brillaba como diminutos diamantes bajo la tenue luz del sol poniente.
Ni el cansancio lograba embotar sus sentidos: podía oír cómo las ramas secas crujían bajo sus patas, sentir el temblor de los pequeños animales que buscaban refugio del calor. De pronto, Noir se detuvo en seco, orejas erguidas.

Gray también se inmovilizó, entrecerrando los ojos hacia el terreno. Entre las sombras grises de las rocas, un movimiento sutil llamó su atención: una silueta enorme deslizándose casi imperceptible.
—Pitón… —gruñó Gray en voz baja. El corazón de Noir latía con fuerza, pero permaneció silencioso. Sabía que un solo gesto de pánico podría ser fatal. La pitón estaba lista, enroscada entre las piedras, lista para atacar. Pero los lobos no retrocedieron. Gray avanzó con confianza, protegiendo a Noir con su cuerpo, preparado para enfrentar la amenaza sin titubeos.

El silencio se prolongó mientras ambos mundos —la serpiente y el lobo— se medían mutuamente, anticipando el primer ataque.

