Cuando Camille y Julien compraron la vieja mansión de Saint-Rémy, todo el mundo les dijo que estaban locos.
El edificio tenía casi ciento cincuenta años. Se alzaba apartado del pueblo, detrás de una hilera de viejos tilos, con techos altos, enormes ventanales y una fachada desgastada por el paso del tiempo. Pero el precio era sorprendentemente bajo.
Quizá demasiado bajo. —Con unas cuantas reformas, este lugar valdrá tres veces más —había asegurado Julien.
Camille, en cambio, se enamoró de la casa desde el instante en que cruzó la verja. A pesar de las paredes deterioradas, había algo acogedor en aquel lugar: una gran escalera de madera, una biblioteca, una chimenea de piedra y un jardín invadido por rosas silvestres.
La pareja acababa de casarse. Soñaban con tener un lugar propio, lejos de la ciudad.
La primera noche abrieron una botella de vino y comieron pizza sentados en el suelo, rodeados de cajas.
Eran felices. Todavía no sabían que, tres días después, Camille le pediría a Julien que abandonaran aquella casa. Todo comenzó con una habitación del segundo piso. Era un pequeño dormitorio situado al final del pasillo. Cuando llegaron estaba casi vacío: un viejo armario, una cómoda, un sillón verde y una pequeña cama de madera.
—Podríamos convertirla en una habitación de invitados —propuso Camille.
Limpiaron juntos la estancia.
Julien empujó la cama contra la pared izquierda. Camille colocó el sillón junto a la ventana y la cómoda frente a la puerta.
Después bajaron. A la mañana siguiente, Camille subió a buscar una caja.
Al pasar frente a la habitación, se detuvo.
La puerta estaba abierta. Estaba segura de haberla cerrado.
Pero eso no era lo que más le preocupaba. El sillón verde estaba ahora en medio de la habitación.
Camille permaneció unos segundos inmóvil en el umbral.
—¿Julien?
Él subió.
—¿Qué pasa?
Camille señaló el sillón.
—¿Lo has movido tú?
—No.
—Ayer estaba junto a la ventana.
Julien se encogió de hombros.
—Quizá lo dejamos ahí.
—No. Recuerdo perfectamente haberlo colocado junto a la ventana.
Él sonrió.
—Camille, estamos agotados. Llevamos tres días trabajando aquí. Seguramente te estás confundiendo.
Ella no insistió.
A la mañana siguiente, el sillón había vuelto junto a la ventana.
Pero la cómoda estaba contra otra pared.
Esta vez Julien no bromeó.
—¿Has hecho tú esto?
—¿Por qué iba a mover sola una cómoda en mitad de la noche?
Comprobaron las ventanas.
Cerradas.
Examinaron la cerradura.
Intacta.
La casa no tenía ninguna otra entrada.
Entonces Julien instaló una pequeña cámara en el pasillo.
—Así mañana sabremos qué está pasando.
Aquella noche Camille durmió mal.
Alrededor de las tres de la madrugada creyó escuchar algo encima de ellos.
Un ruido sordo.
Como si alguien arrastrara lentamente un mueble pesado sobre el suelo de madera.
Sacudió a Julien.
—¿Lo oyes?
Él abrió los ojos.
El ruido se detuvo.
—Probablemente sean las tuberías.
—Las tuberías no mueven muebles.
A la mañana siguiente subieron juntos.
La cama estaba ahora en el centro de la habitación.
Julien palideció.
Revisaron inmediatamente la grabación.
A las 2:47, la cámara había dejado de funcionar.
La imagen permaneció completamente negra durante exactamente diecinueve minutos.
Después volvió.
Nadie había aparecido en el pasillo.

—Nos vamos —declaró Camille.
—Espera.
—¿Esperar qué?
—Tiene que haber una explicación.
Julien siempre había sido así.
Para él, todo debía tener una causa racional.
Un problema eléctrico.
Una corriente de aire.
Un animal.
Un vecino.
Cualquier cosa antes que algo que no pudiera explicar.
Decidieron quedarse una noche más.
Esta vez Julien colocó una segunda cámara directamente dentro de la habitación.
Empujaron todos los muebles contra las paredes e hicieron pequeñas marcas con lápiz en el suelo para señalar sus posiciones.
A las 2:41, Camille despertó.
Alguien caminaba en el piso de arriba.
Un paso.
Luego otro.
Y otro más.
Lentamente.
Julien también estaba despierto.
Permanecieron inmóviles.
Los pasos se detuvieron exactamente encima de su dormitorio.
Entonces escucharon aquel sonido familiar.
El chirrido de un mueble siendo arrastrado.
Julien agarró una linterna.
—Voy a subir.
Camille lo sujetó del brazo.
—No.
—Hay alguien dentro de nuestra casa.
Subió de todos modos.
Camille lo siguió.
Cuando llegaron al segundo piso, el pasillo estaba vacío.
La puerta de la habitación estaba cerrada.
Julien puso la mano sobre el picaporte.
Abrió.
No había nadie.
Pero todos los muebles habían cambiado de lugar.
Y no parecían colocados al azar.
La cama estaba contra la pared del fondo.
El sillón se encontraba a su derecha.
La cómoda había sido desplazada hacia la izquierda.
Y el armario había avanzado aproximadamente un metro.
Camille observó la habitación.
Había algo extraño en aquella disposición.
—Julien…
—¿Qué?
—Parece que alguien intenta reproducir una distribución concreta.
Bajaron para revisar la cámara.
A las 2:43, la imagen había empezado a temblar.
Después se congeló.
Cuando volvió a funcionar, los muebles ya estaban en sus nuevas posiciones.
Camille quería llamar a la policía.
Julien se negó.
—¿Y qué vamos a decirles? ¿Que nuestro sillón sale a pasear por las noches?
Al día siguiente, Camille fue al pueblo.
Entró en una pequeña tienda de comestibles y preguntó a la propietaria si conocía la historia de la mansión.
La mujer, que debía de tener más de setenta años, dejó de sonreír inmediatamente.
—¿Por qué lo pregunta?
—Acabamos de comprarla.
La anciana la observó durante unos segundos.
—¿Ya viven allí?
—Desde hace una semana.
—¿Han abierto la habitación del segundo piso?
Camille sintió que se le encogía el estómago.
—¿Cómo sabe que hay una habitación en el segundo piso?
La mujer apoyó lentamente las manos sobre el mostrador.
—Porque mi madre trabajaba en esa casa.
Se llamaba Madeleine.
Le explicó que antiguamente la mansión pertenecía a la familia Delcourt.
El propietario tenía una única hija, Éléonore.
En 1958, la joven desapareció.
Tenía veintidós años.
La familia aseguró que se había marchado a París con un hombre.
Pero nadie del pueblo volvió a verla jamás.
—¿Y la habitación? —preguntó Camille.
Madeleine dudó.
—Era la suya.
Camille sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
—¿Sabe cómo estaban colocados los muebles?
La anciana frunció el ceño.
—¿Por qué me pregunta eso?
Camille le mostró una fotografía tomada aquella misma mañana.
Madeleine palideció.
—Dios mío…
—¿Qué ocurre?
—Están exactamente como estaban antes de su desaparición.
Camille guardó silencio.
Madeleine señaló el armario.
—Excepto eso.
—¿Qué pasa con el armario?
—Estaba pegado a la pared.
Camille volvió a mirar la fotografía.
Inmediatamente recordó la noche anterior.
El armario se había desplazado un metro hacia delante.
Como si alguien quisiera mostrar lo que había detrás.
Regresó a la mansión sin avisar a Julien.
Subió directamente a la habitación.
Luego empujó el armario.
Detrás, el papel pintado era más oscuro.
Camille pasó la mano por la pared y notó una irregularidad.
Presionó.
Un pequeño trozo de yeso cayó al suelo.
Detrás había una cavidad.
Y dentro de ella, un sobre amarillento.
Le temblaban las manos cuando lo abrió.
En el interior había varias cartas.
Todas estaban firmadas:
Éléonore.
Camille se sentó en el suelo y comenzó a leer.
Al principio, las cartas hablaban de amor.
Éléonore escribía a un hombre llamado Gabriel.
Su padre se oponía a aquella relación.
Pero después el tono de las cartas cambiaba.
«Mi padre ya no me permite salir de casa».
En otra carta decía:
«Dice que preferiría verme muerta antes que con Gabriel».
Y la última…
Camille tuvo que leerla tres veces.
«Si me ocurre algo, busquen debajo del suelo, en el lugar donde estaba mi cama cuando era niña».
Camille levantó bruscamente la cabeza.
Miró la cama.
Estaba exactamente en el lugar donde los muebles la habían colocado durante la noche.
Llamó a Julien.
Una hora después levantaron las viejas tablas del suelo.
Debajo de la tercera encontraron una pequeña caja metálica.
En su interior había un medallón, varias fotografías y un cuaderno.
El cuaderno pertenecía al padre de Éléonore.
Las últimas páginas contenían frases breves escritas con letra nerviosa.
«Quería marcharse».
«Discutimos».
«Se cayó».
Y después:
«Nadie debe saberlo».
Camille sintió que su corazón se aceleraba.
Pero la última frase era todavía más inquietante.
«Le pedí a Marcel que trasladara el cuerpo antes de que llegara la policía».
Marcel.
A Julien aquel nombre le resultaba familiar.
Revisó los documentos que había dejado el antiguo propietario.
Y encontró una escritura.
Marcel era el bisabuelo del hombre que les había vendido la casa.
Al día siguiente avisaron a la policía.
Comenzaron las investigaciones en la propiedad.
Dos días después, detrás de un antiguo muro del sótano que llevaba décadas sellado, los investigadores descubrieron restos humanos.
Varias semanas más tarde, los análisis confirmaron que pertenecían a Éléonore Delcourt.
Después de sesenta y ocho años, su desaparición por fin tenía una respuesta.
Pero la historia no terminó allí.
La noche siguiente al descubrimiento, Camille y Julien apenas pudieron dormir.
A las 2:43, Camille miró la hora.
Silencio.
A las tres, seguía sin ocurrir nada.
Ni pasos.
Ni chirridos.
A la mañana siguiente subieron a la habitación.
Por primera vez desde su llegada, ningún mueble se había movido.
Camille soltó el aire con alivio.
—Se acabó.
Julien asintió.
Aun así, decidieron mantener cerrada aquella habitación mientras duraban las reformas.
Unos meses después, la mansión había cambiado por completo.
Las paredes estaban recién pintadas.
El suelo de madera había sido restaurado.
El jardín volvía a ser precioso.
Camille estaba embarazada.
Incluso habían empezado a preparar una habitación para su futuro bebé.
Un domingo por la mañana, Julien bajó a preparar café.
Camille permaneció arriba.
De pronto, lo llamó.
—¿Julien?
—¿Sí?
—Sube.
Él reconoció inmediatamente el tono de su voz.
Subió corriendo las escaleras.
Camille estaba frente a la habitación de Éléonore.
La puerta estaba abierta.
—¿Has entrado?
Ella negó con la cabeza.
Miraron al interior.
Los muebles no se habían movido.
Pero había algo sobre la cama.
El medallón de Éléonore.
El mismo que la policía se había llevado meses antes como prueba.
Camille retrocedió.
—¿Cómo es posible?
Julien no respondió.
Junto al medallón había una pequeña fotografía que nunca habían visto.
En ella aparecía Éléonore sonriendo delante de la mansión.
En el reverso, alguien había escrito a lápiz:
«Gracias».
Esta vez Camille no sintió miedo.
Permaneció largo rato contemplando la fotografía.
Después cerró suavemente la puerta.
A partir de aquel día, nada volvió a moverse en aquella habitación.
Años más tarde, cuando su hija preguntó por qué había una fotografía de una desconocida colgada en el pasillo de la familia, Camille le respondió simplemente:
—Porque vivió aquí mucho antes que nosotros.
—¿Era su castillo?
Camille sonrió.
—No. Era su prisión.
Miró hacia la vieja habitación situada al final del pasillo.
—Pero ahora, por fin, es libre.

