— ¡Ya basta de gastar mi dinero! —Oleg golpeó con fuerza la mesa de la cocina. La cuchara saltó y tintineó contra la taza—. Trabajo todos los días y tú despilfarras el sueldo en tonterías. Salones, cursos raros, caprichos… A partir de ahora tendremos presupuestos separados. Irina se quedó inmóvil. Colocó con cuidado el tarro de miel en la estantería y se volvió despacio. El olor a tostada quemada llenaba la cocina; la tostadora llevaba una semana chirriando, pero Oleg pensaba: «No hace falta comprar otra, esta todavía funciona».
—¿Estás seguro, Oleg? —preguntó en voz baja. Su tono era sereno y firme, sin temblar. Aquella calma lo irritaba más que cualquier reproche.
—Completamente. Yo pago la hipoteca. Yo lleno el depósito del coche. Yo compro lo básico. Tú gastas tu sueldo en ti misma. Es justo: dividimos los gastos y la comida a la mitad. El resto es tuyo. Oleg se recostó satisfecho en la silla. Se sentía como un estratega que por fin había puesto en su sitio a la derrochadora. Esperaba que su mujer empezara a justificarse, a llorar, a suplicarle. Al fin y al cabo, su salario en la empresa de traducción le parecía ridículo.
—De acuerdo —respondió Irina con tranquilidad—. Si quieres presupuestos separados, así será. Empezamos hoy mismo. Salió de la cocina y cerró la puerta con suavidad. Oleg sonrió. «Nada —pensó mientras masticaba la tostada correosa—. Un mes sin manicura y entenderá quién mantiene esta casa».
Los primeros días el cambio no fue dramático. Oleg disfrutaba de su victoria. Se compró un filete y una botella de champán caro y cenó solo frente al televisor, mientras Irina tomaba té con unas galletas en la cocina. Luego llegó el lunes. Oleg se despertó con frío. Los radiadores apenas calentaban. Corrió al baño soñando con una ducha caliente, pero del grifo salía solo agua tibia.

—¡Ir! —gritó—. ¿Qué pasa con la caldera?
Su esposa salió del dormitorio, impecable y lista para ir a trabajar. A diferencia de él, arrugado y tiritando.
—La caldera está bien. Simplemente se acabó el combustible. Antes yo pedía los pellets y pagaba el mantenimiento del quemador. No entra en los gastos comunes, cariño, es propiedad privada.
—¿Y cuánto cuesta eso?
—Veinte mil al mes en temporada alta. Tu parte son diez mil. ¿Me los transfieres? Oleg respiró hondo.
—¿Diez mil por calefacción? ¿Te has vuelto loca?
—Es el precio del mercado. Si no quieres pagar, no pagues. Pondré un radiador eléctrico en mi despacho, a mí me basta.
Se lavó con agua fría, castañeteando los dientes. En la cocina le esperaba otra sorpresa: la cafetera parpadeaba en rojo: «Servicio».
—¿Y esto?
—Necesita cápsulas originales y descalcificación. Unos cinco mil. Yo tomo café en la oficina, así que no me hace falta. Preparó café instantáneo que encontró en un armario. Era horrible. El frigorífico, antes lleno de quesos, verduras y comida casera, ahora contenía solo un paquete de pasta, diez huevos y un cartón de leche solitario.
—¿Dónde está la comida? —frunció el ceño.
—En la tienda —respondió Irina, poniéndose el abrigo—. Quedamos en mitad y mitad. Compré un paquete básico para tu parte: pasta, patatas, pollo para sopa. Querías ahorrar, ¿no? La fruta, los frutos secos, los dulces… como decías, «tonterías». Para el miércoles Oleg empezó a darse cuenta de que sus cuentas no cuadraban. Siempre pensó que gastaba ochenta mil en la familia: una suma enorme. Hipoteca, cuarenta. Gasolina, diez. Comida, veinte o treinta. ¿E Irina? «Traduce textos, gana treinta o cuarenta mil. No le alcanza ni para una horquilla».
El jueves se quedó sin camisas limpias.
—Se acabó el detergente —anunció Irina—. El suavizante bueno es caro. Yo lavo mi ropa en la lavandería de la empresa.
El viernes se estropeó la bomba del pozo. El agua dejó de salir.
—¡Llama al técnico! —dijo Oleg, agotado.
—La visita cuesta cinco mil. Las piezas, doce. La mano de obra, otros cinco. ¿Lo dividimos? —Irina abrió la calculadora en el móvil. Oleg revisó su aplicación bancaria. Faltaban dos semanas para cobrar y en la tarjeta quedaban solo ocho mil. Había comido el filete, llenado el depósito… y el dinero desapareció.
—¿De dónde salen todos estos precios? —murmuró—. Ir, ¿por qué antes no vivíamos así?
—Sí vivíamos así —se sentó frente a él y lo miró a los ojos—. ¿Quieres ver el balance real? Extendió una hoja delante de él.
—La hipoteca la pagabas tú. Bien hecho. La comida: carne y pan. Pero las verduras, los productos de limpieza, la comida del gato, las vitaminas, el mantenimiento de los electrodomésticos, el impuesto de la propiedad, internet, seguros, regalos para tu madre, ropa para los niños… todo eso lo pagaba yo.
Las cifras le bailaban ante los ojos.
—Pero tu sueldo… —balbuceó.
—No soy solo traductora, Oleg. Dirijo el departamento de localización de una empresa internacional. Gano tres veces más que tú.
Había callado para no herir su orgullo, para que él se sintiera «cabeza de familia». Ella había creado el confort que él daba por hecho.
Oleg guardó silencio. La casa quedó en una quietud casi dolorosa.
—Me mentiste —susurró al fin.
—Te protegía. Y tú decidiste acomodarte sobre mis hombros.
Irina se levantó.
—Estoy cansada, Oleg. No del trabajo, sino de pedir perdón por mi éxito y esconder las facturas para no herir tu frágil masculinidad. El presupuesto separado mostró la verdad: vivimos en mundos distintos. Tú no puedes sostener mi nivel de vida y yo no quiero bajar al tuyo, donde la pasta en oferta es una fiesta.
—¿Y qué propones? —preguntó él con voz pesada.
—Me voy. Alquilaré un apartamento cerca de la oficina.
—¿Y la casa?
—Es tuya. También la hipoteca. Págala. Pero sin mi aportación, el mantenimiento se tragará todo tu sueldo. Tendrás que elegir: vender o buscar un segundo trabajo.
Empujó la maleta hacia la puerta.
—Espera —saltó Oleg—. Ir, no seas tonta. Fui impulsivo. Volvamos a como antes. Te quiero.
Irina sonrió con tristeza. En esa sonrisa no había alegría, solo cansancio.
—No me querías a mí, Oleg. Querías la vida cómoda que te proporcionaba y la sensación de poder. Ahora que recuperé mis recursos, de repente recuerdas el amor. Es tarde.
La puerta se cerró de golpe.
Oleg se quedó solo en la gran casa oscura. Se acercó a la ventana: las luces del taxi se disolvieron en la niebla lluviosa. Le rugió el estómago. Abrió el frigorífico. Vacío. La bombilla parpadeó y se apagó. Tomó el teléfono para pedir una pizza, pero recordó que casi no quedaba dinero en la tarjeta y que faltaban muchos días para cobrar. La cuota de la hipoteca vencía en tres días.
Se sentó y hundió el rostro entre las manos. Entonces comprendió que durante todos esos años no había sido el capitán del barco, sino un pasajero de primera clase que creía volar solo porque había comprado el billete.
En un rincón de la cocina el grifo goteaba con ritmo constante. Había que cambiar la junta, pero no sabía cómo. Y llamar a un fontanero costaba dinero, dinero que ya no tenía.
