—¡Descarada! ¡Te has instalado en el piso de mi hijo y vives aquí como una reina! —soltó mi suegra, dejando el bolso sobre la mesa del comedor.
La miré durante unos segundos.
Luego señalé tranquilamente la carpeta azul que estaba sobre una estantería.
—Solo hay un pequeño problema, Carmen. El piso es mío. ¿Quiere ver los documentos?
Mi marido, Javier, que estaba junto a la encimera abriendo una botella de agua, se quedó inmóvil.
Su hermana Lucía levantó la cabeza del teléfono.
Carmen soltó una pequeña carcajada.
—¿Tuyo?
—Sí.
—Elena, por favor. No me tomes por tonta.
—No lo hago.
Me levanté de la silla.
Y en ese momento Javier dejó la botella sobre la encimera.
—Mamá, creo que deberías dejarlo.
Carmen se volvió hacia él.
—¿Dejar qué? ¿Decir la verdad?
Era domingo, poco después de las cuatro de la tarde.
Carmen y Lucía habían venido a tomar café. Al principio todo había sido bastante normal.
Habíamos comido tarta de manzana, Javier había preparado café y Lucía nos había enseñado unas fotos de sus últimas vacaciones.
El problema empezó cuando Carmen recorrió el salón con la mirada.
Hacía dos meses que habíamos terminado una pequeña reforma.
Habíamos cambiado el sofá, pintado las paredes y comprado una mesa nueva para el comedor.
—Os está quedando bastante bonito —comentó Lucía.
—Gracias —dije.
Carmen pasó la mano por el respaldo del sofá.
—Claro. Cuando no tienes que preocuparte por pagar una vivienda, es fácil gastar dinero en muebles.
La miré.
—¿Cómo dice?
—Nada.
—No, Carmen. La he oído perfectamente.
Javier suspiró.
—Mamá…
Pero ella ya había empezado.
—Solo digo que algunas personas tienen mucha suerte. Mi hijo trabajó durante años para tener este piso y ahora tú decides hasta el color de las paredes.
Me quedé mirándola.
No entendía de dónde había sacado aquella historia.
—¿Quién le ha dicho que este piso es de Javier?
Carmen frunció el ceño.
—¿Qué pregunta es esa?
—Una bastante sencilla.
—Es de mi hijo.
—No.
Lucía dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
—Mamá…
—Tú no te metas —le dijo Carmen.
Luego volvió a mirarme.

—Cuando Javier empezó a vivir aquí, este piso ya estaba prácticamente pagado.
—Exactamente —respondí.
Carmen sonrió, convencida de que acababa de darme la razón.
—¿Lo ves?
—Lo pagué yo.
La sonrisa desapareció.
Javier se pasó una mano por la frente.
—Elena compró el piso antes de que nos conociéramos —dijo.
Carmen lo miró.
—¿Qué?
—Tres años antes.
Hubo unos segundos de silencio.
Pero Carmen no era una mujer que aceptara fácilmente haberse equivocado.
—Bueno, pero lleváis casados casi seis años. Ahora será de los dos.
—No —dije.
—¿Cómo que no?
—Como que sigue siendo mío.
Carmen soltó una risa seca.
—Qué conveniente.
No respondí.
Intenté cambiar de tema.
De verdad.
Pero diez minutos después, mientras Javier recogía las tazas, Carmen volvió a empezar.
—¿Y cuánto paga Javier aquí?
—¿Perdón?
—Por vivir en el piso.
—Mamá —intervino Javier—, basta.
—Estoy hablando con tu mujer.
—Y yo te estoy diciendo que basta.
Carmen ignoró a su hijo.
—Porque si el piso es tan tuyo como dices, supongo que Javier te paga alquiler.
—No.
—Entonces él también tiene derechos.
—Por supuesto que tiene derechos. Es mi marido y esta es nuestra casa.
—Ah.
Carmen cruzó los brazos.
—Ahora sí es “nuestra casa”.
—Una cosa es nuestra casa y otra quién aparece como propietaria en el registro.
Lucía bajó la mirada para esconder una sonrisa.
Carmen lo notó.
—¿Te parece gracioso?
—No he dicho nada.
—Pues parece que estás disfrutando mucho.
La conversación podría haber terminado allí.
Pero entonces Carmen vio las llaves nuevas que habíamos dejado sobre la cómoda de la entrada.
Las cogió.
—¿Habéis cambiado la cerradura?
Javier y yo nos miramos.
—Sí —respondió él.
—¿Por qué?
—La anterior daba problemas.
Carmen observó las llaves.
—Entonces necesito una copia.
—No —dije.
Ella giró la cabeza hacia mí.
—¿Cómo?
—No necesita una copia.
—Siempre he tenido una llave de la casa de mi hijo.
—De su antiguo apartamento, quizá.
—También de aquí.
Miré a Javier.
Él negó lentamente con la cabeza.
—Yo nunca le di una.
Carmen se quedó callada.
—Entonces ¿de dónde sacó la llave anterior? —pregunté.
Lucía abrió mucho los ojos.
Carmen dejó las llaves sobre la cómoda.
—No recuerdo.
—Yo sí quiero saberlo.
—No hagas un drama.
—No estoy haciendo ningún drama. Estoy preguntando cómo consiguió una llave de mi piso sin que ninguno de nosotros se la diera.
Carmen cogió su bolso.
—Qué carácter tienes.
—Carmen.
—¿Qué?
—La llave.
Ella apretó los labios.
—Hace años Javier dejó unas llaves en nuestra casa. Hice una copia por si algún día había una emergencia.
Javier la miró sorprendido.
—¿Hiciste una copia sin preguntarme?
—Soy tu madre.
—Eso no responde a mi pregunta.
Carmen se puso roja.
—¡Increíble! Después de todo lo que hago por vosotros, ahora resulta que soy una delincuente por tener una llave.
—Nadie ha dicho eso —respondí—. Pero tampoco volverá a tener una copia.
Y entonces llegó la frase.
La que hizo que incluso Lucía se quedara completamente seria.
Carmen dio un paso hacia mí y señaló alrededor.
—¡Bastante tengo ya con verte aquí instalada! ¡Descarada! ¡Sentada en el piso de mi hijo como una reina, decidiendo quién puede entrar y quién no!
La habitación quedó en silencio.
La miré.
Ya no estaba enfadada.
Simplemente estaba cansada.
—El piso es mío, Carmen.
—Sí, claro.
—¿Quiere ver los documentos?
—No necesito ver nada.
—Creo que sí.
Fui hasta la estantería.
Cogí la carpeta azul y regresé a la mesa.
Javier no dijo una palabra.
Lucía tampoco.
Abrí la carpeta y saqué una copia de la escritura.
La puse delante de Carmen.
—Fecha de compra —dije.
Ella no quiso mirar.
—No me interesa.
—Tres años antes de conocer a Javier.
Carmen apretó el bolso contra su cuerpo.
—Eso no demuestra nada.
Saqué otro documento.
—Registro de la propiedad.
Lo dejé encima del primero.
—Mi nombre.
Carmen finalmente bajó la vista.
No dijo nada.
Pasaron quizá cinco segundos.
Luego diez.
Lucía fue la primera en romper el silencio.
—Mamá, creo que deberías disculparte.
Carmen levantó la cabeza.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Lucía señaló los documentos.
—Porque acabas de llamarla descarada por vivir en su propio piso.
—Yo no sabía eso.
—Precisamente —dije—. No lo sabía.
Carmen me miró.
—Javier nunca me explicó estas cosas.
Mi marido dejó las tazas en la mesa.
—Porque nuestras propiedades no son asunto tuyo.
—Soy tu madre.
—Y Elena es mi esposa.
Carmen se quedó completamente quieta.
Javier continuó:
—Y otra cosa. Aunque el piso fuera mío, tampoco tendrías derecho a venir aquí y hablarle así.
Por primera vez desde que la conocía, Carmen pareció no encontrar una respuesta inmediata.
Cogió su abrigo.
—Perfecto. Ya veo cómo son las cosas.
Lucía suspiró.
—Mamá, nadie te está echando.
—No hace falta.
Se dirigió hacia la puerta.
Pero antes de salir se volvió hacia mí.
—Espero que estés satisfecha.
Cerré la carpeta.
—No especialmente.
—Pues lo parece.
—Yo habría estado mucho más satisfecha si hubiera preguntado de quién era el piso antes de insultarme por vivir en él.
Carmen abrió la puerta.
Y entonces Javier añadió:
—Mamá.
Ella se volvió.
—¿Qué?
—La próxima vez que quieras saber algo sobre nuestra casa, pregunta. No inventes la respuesta.
Carmen no contestó.
Salió y cerró la puerta detrás de ella.
Durante unos segundos ninguno de nosotros habló.
Lucía miró la carpeta que seguía sobre la mesa.
Después me miró a mí.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué? —Que lleva años contándole a todo el mundo que Javier te dejó vivir gratis en “su” piso.
Giré lentamente la cabeza hacia mi marido.
Javier cerró los ojos.
—¿A todo el mundo?
Lucía hizo una mueca.
—Bueno… a toda la familia.
Volví a mirar la puerta por la que Carmen acababa de salir.
Y comprendí que aquella discusión no había terminado.
En realidad, acababa de descubrir que había empezado mucho antes de que yo lo supiera.

