Este hombre de dos caras vivió en Inglaterra durante el siglo XIX. Según sus propias palabras, pertenecía a la nobleza y su vida habría sido perfecta de no ser por su gemelo siamés parásito, cuya horrenda cara se encontraba en la nuca de Edward.
La medicina moderna no descarta que un caso así pudiera haber ocurrido, pero algunas inconsistencias sorprendentes en la biografía de Mordecai hacen que muchos cuestionen la veracidad de la historia.
El caso de Mordecai ha despertado tanto interés que diversas obras creativas han tomado inspiración de él. Por ejemplo, un personaje con el mismo nombre y la misma anomalía aparece en la cuarta temporada de la serie American Horror Story.
Además, Edward ha sido homenajeado en dos canciones: Poor Edward de Tom Waits y Ed de la banda SCROWS.

En el siglo XIX, las anomalías congénitas eran relativamente frecuentes y los “espectáculos de fenómenos” gozaban de gran popularidad.
Estas ferias permitían que el público se burlara de personas con deformidades a cambio de dinero. En ese contexto, la existencia de Edward Mordecai no resulta del todo improbable.
Su condición consistía en una segunda cara en la nuca que no podía hablar ni comer, pero sí era capaz de expresar emociones e incluso llorar, de manera similar a lo que se documentó en el caso de Pascual Piñón, sobre quien también se han publicado estudios.
Primera aparición pública
La primera mención de Mordecai data de cuando tenía apenas 7 años. En 1895, el periódico The Boston Post publicó un artículo sobre él escrito por el autor de ciencia ficción Charles Lotin Hildreth.
En él, Hildreth describía varios casos de malformaciones y anomalías congénitas que, supuestamente, había leído en antiguos informes de la “Real Sociedad Científica”. Sin embargo, los historiadores no han encontrado evidencia de la existencia de dicha sociedad, por lo que se considera que el artículo pudo haber sido una invención destinada a atraer lectores.

La segunda cara de Edward no tenía cuerdas vocales, por lo que no podía hablar; solo miraba fijamente a los ojos de quienes pasaban y, de vez en cuando, movía los labios como queriendo decir algo. Esto incomodaba enormemente a Edward, especialmente cuando los transeúntes se apartaban al ver la aterradora cara en su nuca.
Pero ese no era su único tormento. Aunque la segunda cara no podía emitir sonido, Edward escuchaba sus susurros en su mente.
Los pensamientos de su gemelo siamés eran repugnantes y lo atormentaban constantemente, como un demonio en su hombro que lo incitaba a cometer actos deplorables.
A pesar de estar bajo supervisión médica constante, nadie se atrevía a intentar extirpar la cara. La cirugía era extremadamente compleja y el riesgo de muerte, altísimo; ningún médico estaba dispuesto a asumir semejante responsabilidad.

