Durante un paseo tranquilo por un campo casi virgen, Sergey, apasionado por la tecnología, decidió de manera espontánea hacer volar su dron. El día era claro, el aire fresco y los rayos del sol se reflejaban suavemente en el río que serpenteaba entre los árboles densos. Su intención era sencilla: capturar desde el aire la belleza del bosque y del agua, algo que ya había hecho en numerosas ocasiones.
Observaba con placer el vuelo estable del dron mientras lo guiaba con precisión desde la pantalla del control remoto.

La cámara se deslizaba sobre las copas de los árboles, revelando un océano verde de hojas y sombras. Todo parecía calmado, incluso rutinario… hasta que algo fuera de lugar apareció en la imagen.
En lo más profundo del bosque, en una zona donde casi nadie se adentraba y cuyos senderos habían desaparecido con el tiempo, la cámara captó algo que no debería estar allí.
La curiosidad de Sergey superó cualquier duda inicial. Elevó el dron, corrigió el rumbo y avanzó lentamente hacia el punto misterioso.
A medida que se acercaba, la imagen se volvía más clara. Ante sus ojos surgió un pequeño claro, perfectamente delimitado por árboles que formaban una barrera natural, como si protegieran un secreto.
En el centro del claro se alzaba una cabaña antigua y abandonada.

Parte del techo había colapsado, las paredes estaban oscurecidas por los años y la vegetación alrededor mostraba señales de haber sido descuidada durante mucho tiempo.
Todo indicaba que aquel lugar no había sido visitado en años, quizá en décadas.
Y, sin embargo, algo no encajaba.
Había movimiento cerca de la cabaña. Apenas perceptible, difuso… pero suficiente para acelerar el pulso de Sergey.
Detuvo el dron y fijó la mirada en la pantalla, intentando descifrar lo que estaba viendo. En ese instante, lo que había comenzado como un paseo inocente y un vuelo sin sobresaltos se transformó en el inicio de algo mucho más inquietante y misterioso.

