Noté unas extrañas bolas de un color naranja brillante repartidas por distintos rincones de mi jardín. Aparecían junto a la valla, cerca de un viejo tocón e incluso entre las flores del parterre.
Al principio pensé que serían juguetes olvidados o quizá bayas traídas por los pájaros, pero con el paso de los días cada vez había más, y su aspecto era… inquietante.
Empecé a desconfiar. No me gusta que aparezcan cosas desconocidas en mi propiedad, y menos aún teniendo un perro curioso correteando por ahí.

Y fue por pura casualidad que un día lo sorprendí mordisqueando con entusiasmo una de esas extrañas «bolas».
En ese momento, sentí que el corazón se me detenía. Llamé de inmediato al veterinario para averiguar qué demonios era aquello. La respuesta fue impactante.
(Continuación en el primer comentario)

Con la voz entrecortada, le conté al veterinario que mi perro tal vez había comido un hongo desconocido o, peor aún, algún producto químico.
Él me escuchó con calma y me tranquilizó. Me pidió que vigilara al perro y añadió: «Hazle una foto y mándamela. Quizá pueda identificarlo».
Le envié la imagen y, minutos después, me devolvió la llamada: «Es un hongo mucilaginoso. Popularmente lo llaman “vómito de lobo” o “lechera de lobo”. No es especialmente venenoso, pero tampoco es comestible, ni para humanos ni para animales».

Resultó ser una especie de moho poco común que suele crecer en troncos semidescompuestos, con aspecto de bolas hinchadas.
A veces incluso da la impresión de “respirar” o moverse.

Este tipo de moho puede sobrevivir años enteros sin agua ni nutrientes. No es letal, pero puede causar irritación en la piel o en las mucosas si se toca o se rompe. Por suerte, mi perro estaba bien, pero no quise arriesgarme. Recogí todas esas «volveras» que encontré y las quemé bien lejos de casa.

