Actualmente es una verdadera leyenda del cine, aunque en sus inicios no era más que un niño común como tantos otros.
Antes de convertirse en una de las figuras más reconocidas de Hollywood, Jim Carrey era un joven tímido, con la mirada perdida en sus sueños y una sonrisa dulce y tranquila.

Hoy lo recordamos por sus icónicos papeles que nos han hecho reír a carcajadas y que han dejado una huella imborrable en la historia del cine.
Nacido en Canadá en 1962, creció en una familia modesta y tuvo que enfrentar dificultades desde muy pequeño. A los doce años, ya trabajaba por las noches como guardia de seguridad junto a sus padres para ayudar en casa.
Las fotografías de esa época muestran a un niño sereno, con el cabello cuidadosamente peinado, una sonrisa discreta y ojos atentos al mundo que lo rodeaba.

Resulta difícil imaginar que ese niño tranquilo se transformaría en la explosiva estrella de “Ace Ventura” o “La Máscara”.
Sin embargo, algo que nunca cambió fue esa sonrisa genuina y brillante, reflejo de la energía y pasión que siempre lo han caracterizado. Jim jamás abandonó sus sueños.

Frente al espejo practicaba sus gestos, perfeccionaba sus expresiones y moldeaba poco a poco ese estilo único que lo catapultaría a la fama. De ese joven reservado nació una estrella mundial.
Y aunque hoy su nombre es reconocido en todo el mundo, conserva esa sonrisa infantil, símbolo del largo camino recorrido para cumplir sus sueños.

