Los pescadores canadienses Mallory Harrigan, Cliff Russell y Allan Russell se encontraban navegando a unas cuatro millas de la costa de Labrador, en medio de un mar frío y silencioso, cuando algo inesperado llamó su atención.
El cielo estaba gris, el viento cortaba la piel y las olas chocaban contra el casco del barco, pero nada de eso los preparó para lo que estaban a punto de descubrir.

De repente, su embarcación golpeó un enorme iceberg que flotaba a la deriva. El choque fue leve, pero suficiente para que los tres hombres observaran con asombro cómo la estructura de hielo se había fragmentado, formando una masa irregular y gigantesca.
Una de sus partes, increíblemente, parecía la cola de una ballena, tallada por la naturaleza de manera casi artística.
Lo que los dejó sin aliento, sin embargo, no fue la forma del hielo, sino lo que vieron sobre él. Allí, inmóvil pero claramente vivo, algo se movía.

Sus siluetas se recortaban contra el blanco brillante del iceberg, despertando una mezcla de curiosidad y temor entre los pescadores. Ninguno de ellos podía imaginar lo que aquel encuentro cambiaría en esa tranquila jornada de pesca.

