Hoy mi hija abrió su helado de chocolate favorito, el mismo que come casi todos los días después del colegio. Todo parecía absolutamente normal: el cucurucho crujiente, el aroma dulce, la capa de chocolate brillante en la parte superior. Pero al cabo de unos segundos la escuché decir, sorprendida:
—¡Mamá, mira esto!

Me acerqué y vi algo extraño en el interior, una mancha oscura, como un trozo de envoltorio o de caramelo. Al principio pensamos que era solo un defecto, quizá un pedazo de chocolate mal mezclado. Pero mi hija, siempre curiosa, decidió investigar con una cuchara.
De pronto, soltó un grito.
Dentro, justo debajo del chocolate, vimos algo que me dejó helada. Me incliné para mirar mejor… y sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Era un escorpión. Pequeño, real, aunque muerto. A juzgar por su tamaño, debía de ser una cría. Nos quedamos sin palabras. Lo primero que pensamos fue: ¿cómo había llegado hasta ahí?

¿Pudo haber caído durante la producción, cuando se llenaban los cucuruchos? ¿O, peor aún, se deslizó allí después del envasado, quedando atrapado y congelado en la masa del helado? La repulsión fue inmediata. Mi hija no podía ni mirar el helado; le temblaban las manos. Tomé una foto del hallazgo y envié una queja urgente al fabricante.
Desde ese día, incluso pensar en el helado me produce una sensación desagradable. Porque uno nunca sabe lo que puede esconderse bajo esa capa perfecta de chocolate…

