La esposa cargaba pesadas bolsas de la compra y cuidaba de los niños, mientras su marido y su amante descansaban despreocupados en la playa. Sin embargo, la tranquilidad de sus vacaciones se rompió de golpe cuando un mensaje con foto llegó al teléfono de la esposa, dejándola paralizada de horror. El hombre yacía de lado, mirando el mar con indiferencia. Junto a él, su amante: gafas de sol, la piel brillante por el protector solar y una sonrisa leve, casi arrogante, como si todo le resultara irrelevante.

El hombre se giró, apoyó el codo y preguntó burlonamente, sin quitarse las gafas:
—¿Y tu esposa… esa tonta? ¿No sospechaba nada?
Rió, como si fuera un chiste, y se encogió de hombros.
—No, eso no le pertenece.
—¿Cómo que no le pertenece? —preguntó la mujer.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Está en casa, ¿verdad? Y tú estás aquí conmigo.
Se estiró, como si la conversación le pesara, y continuó con voz tranquila, casi indiferente:
—No tiene tiempo para nada. Siempre está ocupada. Guardería, tareas, cocinar, lavar… todo a tiempo. Cree que así es la vida y que todo está bien entre nosotros.
La mujer rió suavemente.
—Qué conveniente. Una mujer así es un sueño. Se ocupa de todo, y tú puedes relajarte. Pero dime…
Se quitó lentamente las gafas y lo miró a los ojos.
—¿Cuándo vas a romper con él de verdad?
Él no apartó la mirada.
—Pronto. Muy pronto.
La mujer sonrió.
—¿Cuánto tiempo llevas diciendo eso? ¿Un año? ¿Dos? Ya no tengo veinte años, no voy a esperar eternamente.
Él suspiró con voz ronca:
—Te lo dije: pronto. Debo hacerlo bien… sin dramas.
La mujer entrecerró los ojos:
—Claro. Y ella lo soportará todo otra vez, callada, ¿verdad? Sabes que no se irá. El hombre estuvo a punto de responder cuando la imagen de su esposa en casa lo invadió: realmente lo hacía todo sola.
– Cargaba bolsas pesadas por la mañana,
– Se ocupaba de los recados de los niños todo el día,
– Se dormía exhausta por la noche, muchas veces sin comer bien.
Había llegado a considerarlo normal, sin siquiera notarlo.
La mujer extendió la mano, le acarició el cabello con suavidad pero con un frío subyacente:
—De acuerdo. Voy a comprar agua. Quédate aquí, no te aburras.
Se levantó, cogió su bolsa de playa y se dirigió al café. El hombre quedó solo bajo la sombra de la palmera, mirando el mar… y luego su teléfono, que descansaba sobre la toalla.
Y entonces llegó el mensaje. De su esposa.
Al principio ni se molestó en abrirlo. Pensó que sería algo de los niños o algún problema. Abrió el chat a regañadientes y vio solo una foto. Hizo clic. Y se horrorizó. Era una captura de pantalla de una conversación: entre su amante y otro hombre. El número le resultaba familiar. Sus dedos se tensaron. Leyó la primera línea y no podía creerlo:
—«No me contactes. Solo lo veo por dinero».
Volvió a leer. Luego continuó:
—«Ese calvo cree que lo amo. No me importa. Lo importante es que él pague todo. No voy a vivir con él».
Su respiración se cortó. El corazón le latía con fuerza. Se tapó la boca con la mano, temiendo hacer algún ruido.
—«También te necesito para otras cosas. Eres gracioso, pero él es dinero. No me escribas cuando esté con él. Solo nos veremos en silencio».
Su visión se nubló. Al mirar la pantalla, de repente comprendió la cruda realidad: solo era un monedero. Pero eso no era lo peor. Lo peor era que su esposa lo sabía todo. Debajo de la imagen había un breve mensaje, sereno, sin rabia, sin lágrimas, sin explicaciones:
—«Lo entiendo todo. Y sí, no estás con él. Él está contigo, como todos los demás. Decide tú mismo dónde vas a vivir ahora».
