A lo largo de los años, numerosas intervenciones estéticas —lifting, inyecciones, implantes— transformaron el rostro de esta mujer hasta hacerlo prácticamente irreconocible. Y sin embargo, en su juventud, fue la personificación misma de la belleza y la elegancia. Admirada por generaciones de mujeres, irradiaba un encanto natural que el bisturí acabó por desdibujar. Una fotografía que acompaña este artículo da testimonio de aquel esplendor perdido.
Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, no era solo una figura destacada de la nobleza española: era un auténtico icono, una leyenda viva.

Se dice que nadie en el mundo ha ostentado tantos títulos nobiliarios como ella: duquesa, marquesa, condesa, vizcondesa… más de un centenar en total. Fallecida en 2014 a los 88 años, Cayetana era célebre no solo por su linaje aristocrático, su inmensa fortuna o sus lazos con las casas reales europeas, sino también por su arrolladora personalidad y la transformación radical de su imagen.
Durante su juventud, aparecía con frecuencia en las portadas de revistas de renombre, rodeada de la élite española, figuras de la moda e incluso de Grace Kelly.

Bailaba flamenco con una pasión desbordante, esquiaba con soltura, montaba a caballo con elegancia y llevaba una vida intensa, libre y profundamente independiente.
Con el paso del tiempo, su aspecto fue cambiando de forma drástica.
Apasionada por la cirugía estética, se sometió a múltiples procedimientos que modificaron profundamente sus rasgos. Para algunos, fue una víctima del afán por la eterna juventud; para otros, una mujer valiente que desafió sin complejos las normas impuestas por la edad.

Cayetana jamás se escondió. Nunca negó sus transformaciones, pero tampoco respondió a las críticas. Siguió adelante, fiel a su estilo, sin necesidad de dar explicaciones. Tampoco en su vida personal se ajustó a los moldes. En 2011, a los 85 años, se casó con Alfonso Díez, un funcionario 24 años menor que ella.
El enlace causó un gran revuelo social y encontró la oposición de sus propios hijos. Aun así, la duquesa no cedió.
Durante la ceremonia, bailó flamenco descalza. Fue su última gran declaración: la de una mujer singular, libre, y absolutamente inolvidable.

