Antes de convertirse en un ícono de la cultura pop, fue solo un chico peculiar de Englewood, Nueva Jersey, que prefería los ensayos de teatro y las clases de baile a las tardes en bicicleta.
Mientras otros soñaban con carreras de autos, el joven Johnny Travolta solo tenía dos grandes pasiones: el escenario… y los aviones.

El menor de seis hermanos en una familia de artistas, creció entre bastidores.
Su madre, actriz y profesora de arte dramático, le transmitió desde muy pequeño el amor por las tablas, casi como un legado natural.
A los 16 años abandonó la escuela.
No por rebeldía, sino por vocación.

Broadway lo llamó, y él no dudó en responder.
Su primer gran papel fue en la versión teatral de Grease, mucho antes de que Danny Zuko se hiciera famoso en la gran pantalla.
Después llegó Fiebre del sábado noche, y el resto, como dicen, es historia.
Pero lo que muchos no saben es que su verdadera pasión siempre fue volar.
Con solo 22 años obtuvo su licencia de piloto. Hoy, John posee varios aviones, incluido un Boeing 707 estacionado… en su propio jardín. Sí, con pista de aterrizaje y todo.

A pesar de la fama, el glamour y Hollywood, Travolta ha sabido mantenerse fiel a su esencia:
cercano, sencillo, profundamente humano.
Ha vivido la tragedia –la pérdida de su hijo, y luego la de su esposa–, pero ha seguido adelante, con la frente en alto y el corazón abierto.
Ha bailado, ha amado, ha sufrido, ha brillado… sin dejar de ser él mismo.

Travolta: discreto, genuino, siempre con algo de sábado por la noche latiendo en el alma.
¿Ya sabías de quién se trataba? La historia completa, en el primer comentario.

