Cada mañana suele ser lo mismo: al mirarse en el espejo, nota pequeños depósitos amarillentos en el rabillo de los ojos, poco atractivos a la vista.
Tal vez se pregunte si se deben al cansancio o si son una señal de alerta. La realidad es mucho más natural e inocua. De manera coloquial se les llama «legañas» o «costras oculares», pero en realidad son el resultado de un proceso de limpieza nocturno: mientras duerme, su cuerpo elimina mucosidad, sebo, células muertas y bacterias de los ojos.
Al permanecer los párpados cerrados, sin parpadeo, estas sustancias se acumulan en las comisuras y aparecen por la mañana como pequeñas costras.
El tono amarillento proviene de bacterias muertas eliminadas por el sistema inmunológico durante la noche: una silenciosa victoria de sus ojos sobre los microorganismos.

El neurobiólogo Andrew Huberman describe este fenómeno como «los restos de una guerra silenciosa», destacando cómo el cuerpo protege la vista mientras dormimos.
Una pequeña secreción matutina es completamente normal. No obstante, hay que prestar atención si se acompaña de enrojecimiento, ardor, picor o párpados hinchados, ya que podría tratarse de una infección, como la conjuntivitis. En ese caso, es recomendable acudir al médico para determinar la causa y recibir el tratamiento adecuado.
Para reducir estos depósitos, puede limpiar suavemente el contorno de los ojos por la noche con un bastoncillo de algodón humedecido en agua tibia, asegurándose de lavar bien las manos antes para evitar transmitir bacterias.
Si padece sequedad ocular, las lágrimas artificiales ayudan a mantener la limpieza natural. También conviene cambiar regularmente las fundas de almohada y las toallas, ya que en ellas se acumulan microorganismos. La próxima vez que vea esas pequeñas costras amarillentas, considérelas un recordatorio de que su cuerpo ha trabajado durante la noche para proteger la salud de sus ojos.

