Observé cómo mi vecino, un hombre reservado y apasionado por la pesca, comenzaba a acumular botellas de plástico vacías.
Día tras día, las limpiaba con esmero, las apilaba y las clasificaba por tamaños. Todas parecían iguales, una extraña uniformidad que despertó mi curiosidad.

Al principio, pensé que simplemente se trataba de un caso de reciclaje personal.
Sin embargo, un día, al pasar por su casa, me sorprendió ver una estructura en el centro de su jardín, formada por cientos de botellas firmemente unidas entre sí. ¡Estaba construyendo una balsa! Una balsa casera hecha completamente de botellas de plástico.

Al principio, me pareció casi absurdo: ¿cómo podría un montaje así soportar el peso de un adulto? Pero mi vecino tenía un plan meticuloso. Primero enfrió las botellas en el frigorífico y luego desenroscó los tapones para exponerlas al sol.
Gracias a este cambio de temperatura, el aire del interior se expandió y las botellas se volvieron más flexibles, listas para soportar la presión del agua sin deformarse.

Luego las unió en bloques de cuatro, formando cuadrados densos, con los cuellos apuntando en la misma dirección para garantizar la estabilidad. Apiló estos bloques para formar la base, fijándolos con cinta adhesiva resistente al agua.
Después, unió las filas para crear una plataforma sólida. Cada grupo de botellas estaba perfectamente encajado, lo que aseguraba una mayor estabilidad.
Para los bordes, enrolló cinta aislante, protegiendo los puntos de unión. Finalmente, su balsa estaba lista: compacta y sorprendentemente estable en el agua.

En los meses siguientes, perfeccionó aún más su creación, ampliando la superficie, añadiendo un tablero de contrachapado e instalando un ligero armazón de madera, reforzado con una base impermeable.
Hoy, su balsa se ha convertido en una auténtica obra maestra que utiliza con orgullo, atrayendo la mirada curiosa de los transeúntes que se detienen a admirar su singular embarcación mientras pesca.

