La cálida tarde de verano era tranquila. En la cocina se sentía el aroma de bollos recién horneados, y en los vasos había leche fría.
La chica sonrió y, como por accidente, salpicó un poco de leche sobre el chico.
—¡Oye! —se sorprendió él, pero enseguida empezó a reír.
No se quedó atrás: respondió con cuidado, pero con una sonrisa traviesa, de la misma manera.\

En un instante ya estaban riendo, intentando esquivarse, pero aun así salpicándose leche una y otra vez.
Las gotas volaban sobre la mesa y el suelo, dejando pequeñas marcas blancas. La risa se hacía cada vez más fuerte, y toda la seriedad desapareció por completo.
—Bueno, ¡tú perdiste! —dijo el chico levantando un vaso casi vacío.
—¡Eso está por verse! —respondió la chica, agarrando una toalla.
Se detuvieron solo cuando ya no podían dejar de reír. La cocina estaba hecha un desastre, pero el ambiente era perfecto. A veces, los momentos más simples y un poco tontos son los más memorables.

