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    «No voy a ocuparme de los hijos de tu hermana. Me llevo a nuestra hija y me voy», dijo el hombre, sin tener la menor idea de lo que su hermana en realidad ocultaba.

    Olga escuchó el sonido familiar del interfono y se quedó inmóvil, con un plato aún húmedo en la mano. Sábado, diez de la mañana. Otra vez. Como un ritual interminable que se repetía una y otra vez, sin pausa, sin una verdadera explicación.

    —Andrei, ¿es ella? —preguntó sin volverse.

    Su marido salió de la habitación con el teléfono en la oreja, sin mirar a su alrededor, como si ya estuviera en otro lugar, en otra vida, lejos del apartamento.

    —Sí. Sveta solo se queda media hora. Tiene una entrevista de trabajo.

    Olga dejó el plato en el escurridor. Su gesto era tranquilo, controlado, pero por dentro algo se tensaba dolorosamente. Tercera vez esta semana. Tercer «solo media hora».

    Ayer mismo había vuelto tarde, con las mismas excusas que sonaban cada vez más vacías.

    —Andrei, entiéndeme —dijo ella, con voz suave pero firme.

    —Yo también tengo una hija. Dasha, nuestra hija, está bajo mi responsabilidad.

    —Lo entiendo —respondió el hombre sin mirarla.

    —Pero Polina y Vika son buenas niñas, lo sabes.

    Se quedan tranquilas y ven dibujos animados. No molestan a nadie.

    La puerta se abrió de golpe. Sveta entró apresuradamente, sosteniendo a dos pequeñas de la mano y prácticamente arrastrándolas detrás de ella, como si temiera que el mundo pudiera tragárselas.

    —Gracias, no sé de verdad qué haría sin vosotros —dijo rápidamente, sin siquiera quitarse el abrigo.

    Olga asintió sin responder. Su mirada se posó en las dos niñas. Polina y Vika corrieron de inmediato al salón, como si aquel lugar les resultara más familiar que su propia casa. La televisión llenó enseguida la habitación con sonidos de dibujos animados.

    Sveta fue a la cocina y empezó a hablar deprisa sobre la entrevista, las oportunidades, la esperanza. Sus palabras se mezclaban con el ruido de la televisión y el agua del grifo.

    Olga escuchaba, pero dentro de ella todo se volvía más pesado. Cada «solo media hora» añadía un nuevo peso sobre sus hombros.

    —¿Las vas a dejar aquí hasta la noche? —preguntó finalmente.

    Sveta dudó solo un instante.

    —Si todo va bien, volveré antes. Pero ya sabes… las entrevistas.

    Olga lo sabía. Demasiado bien. Y precisamente ese «ya sabes» se volvía cada vez más difícil de soportar.

    En ese mismo momento, Andrei ya se estaba vistiendo. En la puerta se detuvo un instante.

    —Polina, Vika, sed buenas —dijo automáticamente.

    —¿Y Dasha? —preguntó Olga en voz baja.

    —¿Qué pasa con Dasha?

    —Está en su habitación. No le has dirigido ni una sola palabra.

    Andrei se encogió de hombros, como si la pregunta no tuviera importancia.

    —Es tu hija. Arréglatelas.

    La puerta se cerró con un leve clic.

    Un silencio extraño quedó en el apartamento, tenso como antes de una tormenta.

    Olga permaneció inmóvil, mirando el pasillo por el que su marido había desaparecido. En el salón, las risas de los niños se mezclaban con los sonidos del dibujo animado. Sveta seguía hablando del futuro, de cambios, de esperanza.

    Todo parecía normal.

    Pero Olga sentía que algo no iba bien.

    Soltó lentamente la encimera.

    En su mirada apareció algo nuevo: no solo cansancio, sino una lucidez fría y afilada.

    Porque ese «solo media hora» hacía mucho tiempo que ya no era temporal.

    Y ese día, iba a comprender que allí, en esa casa, nadie decía toda la verdad.

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