Lorsque acepté el trabajo como cuidadora de Eleonora Veltcheva, de ochenta y tres años, apenas sabía nada sobre ella.
La agencia solo me explicó que era una de las mujeres más ricas del país, viuda de un reconocido industrial y que, durante los últimos años, había perdido completamente la vista.
El sueldo era tan alto que al principio pensé que debía tratarse de un error.
Pero necesitaba ese trabajo con desesperación.
Tras la muerte de mi madre, me quedé sola con una enorme deuda y una hipoteca que amenazaba con arrebatarme el pequeño apartamento en el que habíamos vivido juntas.
Aquella oferta parecía mi única oportunidad para empezar de nuevo.
La mansión de la familia Veltchev se parecía más a un palacio que a una casa.
Escalinatas de mármol, enormes lámparas de cristal, cuadros de gran valor en las paredes y un ejército de empleados que apenas hablaban, siempre en voz baja.
A pesar de todo aquel lujo, en la casa se respiraba un ambiente frío y opresivo. No era por la temperatura.
Era por las personas que vivían allí.
Desde mi primer día observé que los tres hijos de Eleonora apenas iban a visitarla. Y cuando aparecían, todas las conversaciones seguían exactamente el mismo patrón.
—Mamá, tienes que firmar estos documentos.
—Solo es un simple trámite.
—Nosotros ya nos ocupamos de toda la empresa.
Eleonora recorría lentamente las hojas con la punta de los dedos, como si todavía albergara la esperanza de poder “leerlas” a través del tacto.
Después respondía con una serenidad que desarmaba a cualquiera.
—No.
Sus hijos abandonaban la habitación furiosos.
Con el paso de las semanas comprendí el motivo de aquella negativa.
Desde que había perdido la vista, se negaba rotundamente a firmar cualquier documento relacionado con su fortuna. Ya no confiaba en nadie.
Ni siquiera en sus propios hijos.
Conmigo, en cambio, era diferente.

La primera noche, mientras la ayudaba a sentarse junto a la ventana, me hizo una pregunta inesperada. —Dígame… ¿de qué color está el cielo hoy?
La pregunta me dejó sin palabras.
Miré hacia el exterior.
—Es de un azul muy claro… con algunas nubes rosadas. El sol está poniéndose. Es realmente hermoso.
Una leve sonrisa iluminó su rostro.
—Gracias… Hace mucho que nadie me describe el mundo.
Desde aquel día, todas las tardes le contaba todo lo que veía.
Las flores que empezaban a abrirse en el jardín.
El color del vestido de la administradora de la casa.
La lluvia cayendo con fuerza sobre los ventanales.
Las hojas que poco a poco se volvían doradas antes de desprenderse de los árboles.
Ella escuchaba cada palabra con una atención infinita, como si mis descripciones le devolvieran poco a poco la capacidad de ver.
Una tarde me preguntó:
—¿Por qué nunca me pide nada?
La miré sorprendida.
—¿Cómo dice?
—Todos esperan obtener algo de mí. Dinero. Acciones. Casas. Usted… solo se limita a contarme de qué color es el cielo.
No supe qué responder.
La verdad era muy sencilla.
Ella me recordaba a mi madre. Los meses fueron pasando. Su salud empeoraba lentamente, pero de manera inevitable.
Los médicos ya no intentaban ocultar la realidad.
Le quedaban apenas unas semanas de vida. A partir de ese momento, sus hijos comenzaron a aparecer casi todos los días.
No para acompañarla.
Sino para comprobar si, por fin, había redactado su testamento.
A menudo los escuchaba discutir en el pasillo.
—Esa cuidadora la está poniendo en nuestra contra.
—Sin ella, mamá ya habría firmado.
—No le quiten el ojo de encima.
Escribe “continuación” y traduciré inmediatamente la segunda parte con el mismo estilo, hasta el final de la historia.

