La transmisión en directo había comenzado como de costumbre: el presentador sonreía frente a la cámara, el estudio estaba iluminado con potentes focos y el director ya contaba los últimos segundos antes de salir al aire.
—Tres… dos… uno… estamos en directo —se escuchó por el auricular. Al principio, todo transcurría perfectamente: las noticias, los comentarios y las imágenes tranquilas de la ciudad.
Pero justo cuando la presentadora iba a pasar al siguiente tema, algo cambió dentro del estudio.
Las pantallas parpadearon durante un segundo y mostraron la señal de una cámara desconocida. Nadie tuvo tiempo de entender de dónde provenía.
En la pantalla apareció un pasillo vacío. La cámara avanzaba lentamente por sí sola, como si alguien la estuviera sosteniendo, aunque no se escuchaban pasos. Solo un leve sonido de interferencias.

—Esa no es nuestra señal… —susurró el director.
En ese instante, las luces del estudio comenzaron a parpadear ligeramente y la transmisión continuó con unos segundos de retraso, como si alguien hubiera tomado el control.
Entonces, la imagen se cortó de golpe.
La presentadora miró hacia la sala de control, pero allí nadie le daba ya ninguna instrucción.
Y por primera vez en toda la historia de aquel programa en directo, un silencio absoluto invadió la emisión.

