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    —¡Una mujer debe llevar el apellido de su marido, no montar todo este circo! —soltó mi suegra. Me encogí de hombros. —Si tanto le gusta ese apellido, quédese usted con él.

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    «Te saqué de nuestro chat familiar. Ahí solo estamos los de la familia», me dijo mi suegra. Me eché a reír: «Gracias. Llevaba tiempo queriendo salirme, pero me daba apuro»

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    —Te excluí a propósito de la sesión de fotos familiar. Después de todo, tú no formas realmente parte de la familia —me soltó mi suegra. Sonreí. —Qué extraño… porque su hijo ahora es mi familia, no la suya.

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    «¿Este regalo para mi hijo es de tu parte? ¡Podrías haber comprado algo más decente!» — torció el gesto mi suegra. Sonreí. «Podría. Pero entonces habría tenido que ahorrar en el suyo».

    11.09.20261K Views
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    —¿Este es el regalo que le compraste a mi hijo? Podrías haber comprado algo más decente —dijo mi suegra, torciendo la boca.

    La miré, luego miré la caja que tenía entre las manos y sonreí.

    —Podría haberlo hecho. Pero entonces habría tenido que ahorrar en el suyo.

    Carmen dejó de sonreír.

    Mi marido, Javier, que estaba colocando unas botellas de vino sobre la mesa del comedor, se quedó inmóvil.

    —¿Perdona? —preguntó mi suegra.

    —Lo ha oído perfectamente.

    Era sábado, poco después de las seis de la tarde.

    Ese día celebrábamos el cumpleaños de Javier en casa. Cumplía treinta y ocho años y, por una vez, había pedido algo sencillo: nada de restaurantes, nada de una fiesta enorme, solo una cena tranquila con la familia y algunos amigos.

    Yo llevaba toda la tarde preparando la casa.

    Había hecho su tarta favorita, había encargado comida del restaurante que le gustaba y había decorado discretamente el comedor.

    Ya habían llegado Lucía, la hermana de Javier, con su marido Andrés, y también Antonio, el tío de Javier.

    Carmen apareció veinte minutos más tarde.

    Entró con un enorme ramo de flores en una mano y una bolsa de una boutique en la otra.

    —¡Mi niño! —exclamó nada más ver a Javier.

    Lo abrazó con tanta fuerza que casi le hizo tirar la botella que llevaba en la mano.

    —Feliz cumpleaños.

    —Gracias, mamá.

    Carmen le entregó una caja grande envuelta en papel brillante.

    —Ábrela.

    —¿Ahora?

    —Claro. Quiero ver tu cara.

    Javier se rio y abrió el paquete.

    Dentro había una chaqueta.

    Era bonita, elegante y claramente cara.

    —Mamá, no tenías que gastar tanto.

    Carmen sonrió satisfecha.

    —Para mi hijo, lo mejor.

    Lucía tocó la tela.

    —Seguro que ha costado una fortuna.

    —No importa cuánto haya costado —respondió Carmen—. Los regalos no son el momento de ser tacaños.

    No le di importancia a la frase.

    Todavía.

    Unos minutos después, Javier vio mi regalo debajo de una pequeña mesa junto a la ventana.

    —¿Ese es el mío?

    —Sí, pero puedes abrirlo después.

    —Ahora quiero verlo.

    Cogió el paquete.

    Yo llevaba casi dos meses preparando aquel regalo.

    Javier tenía un reloj que había pertenecido a su padre.

    No era especialmente caro. De hecho, llevaba años guardado en un cajón porque estaba roto.

    Pero para Javier significaba mucho.

    Su padre se lo había puesto prácticamente todos los días durante más de veinte años.

    Unos meses antes, Javier me había dicho que le gustaría arreglarlo algún día.

    Así que lo llevé a un relojero.

    Le cambiaron varias piezas internas, restauraron cuidadosamente la esfera y pusieron una nueva correa de cuero muy parecida a la original.

    Cuando Javier abrió la caja, se quedó completamente quieto.

    —No puede ser…

    Sacó el reloj con muchísimo cuidado.

    —¿Lo arreglaste?

    Asentí.

    —Y funciona.

    Javier giró la pequeña corona y miró las agujas.

    Su expresión cambió.

    —Elena…

    —Pruébatelo.

    Se lo puso.

    Durante unos segundos no dijo nada.

    Luego me abrazó.

    —Es perfecto.

    —Me alegro.

    —No sabes cuánto significa esto para mí.

    Sí lo sabía.

    Precisamente por eso lo había hecho.

    Pero Carmen se acercó.

    —A ver.

    Javier le enseñó el reloj.

    Mi suegra lo observó durante unos segundos.

    —¿Este?

    —Era de papá —dijo Javier.

    —Ya sé que era de tu padre.

    Carmen me miró.

    —¿Y este es el regalo que le compraste?

    —Lo restauré.

    —Pero el reloj ya estaba aquí.

    —Sí.

    —Entonces realmente no le compraste nada.

    La habitación quedó un poco más silenciosa.

    Javier frunció el ceño.

    —Mamá.

    —¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad.

    Cogió suavemente la muñeca de Javier para mirar mejor el reloj.

    —Podrías haberle comprado uno nuevo.

    —No quería uno nuevo —respondió Javier.

    Pero Carmen ni siquiera lo escuchó.

    Me miró de arriba abajo.

    —Es su cumpleaños, Elena. Podrías haber hecho un esfuerzo.

    Andrés levantó la vista de su copa.

    Lucía miró a su madre.

    —Mamá, déjalo.

    —¿Por qué voy a dejarlo?

    Carmen señaló su propia caja.

    —Yo le he comprado una chaqueta de calidad. Algo que puede usar y disfrutar.

    Javier levantó la muñeca.

    —También puedo usar esto.

    —Ese reloj tiene más de veinte años.

    —Precisamente.

    Carmen soltó un pequeño suspiro.

    —Bueno, cada uno regala según lo que considera apropiado.

    Reconocí perfectamente aquel tono.

    Era el mismo que utilizaba cuando quería insultarme sin parecer que estaba insultándome.

    Decidí ignorarla.

    —Voy a sacar los aperitivos.

    Pero Carmen todavía no había terminado.

    Cuando pasé a su lado, volvió a mirar el reloj.

    —¿Cuánto te costó arreglarlo?

    Me detuve.

    —¿Por qué?

    —Por curiosidad.

    —Lo suficiente.

    —Eso no es una respuesta.

    —Porque no tiene por qué saberlo.

    Carmen sonrió.

    —Entonces no fue mucho.

    Javier dejó la copa sobre la mesa.

    —Mamá, basta.

    —Ay, Javier, no seas así. Solo digo que para el cumpleaños de tu marido podrías esperar algo un poco más…

    Hizo una pausa.

    —Decente.

    La miré.

    —¿Decente?

    —Sí.

    Y entonces llegó la frase.

    —¿Este es el regalo que le compraste a mi hijo? Podrías haber comprado algo más decente.

    Hubo un silencio incómodo.

    Incluso Antonio levantó las cejas.

    Yo podría haberme enfadado.

    Podría haberle explicado cuánto tiempo había tardado en encontrar a alguien capaz de restaurar correctamente aquel reloj.

    Podría haberle contado que había recorrido media ciudad buscando una correa casi idéntica a la que llevaba originalmente.

    Podría haberle dicho que Javier llevaba años hablando de aquel reloj.

    Pero sabía que no serviría de nada.

    Así que sonreí.

    —Podría haberlo hecho.

    Carmen levantó ligeramente la barbilla.

    —Me alegra que al menos lo reconozcas.

    —Pero entonces habría tenido que ahorrar en el suyo.

    Su sonrisa desapareció.

    —¿En el mío?

    —Sí.

    Lucía me miró.

    —¿Qué regalo?

    Caminé hasta un pequeño armario del salón y saqué una bolsa.

    Se la entregué a Carmen.

    —Feliz cumpleaños adelantado.

    Su cumpleaños era la semana siguiente.

    Carmen miró la bolsa y luego a mí.

    —¿Ya me compraste algo?

    —Sí.

    De repente parecía mucho más interesada.

    Abrió la bolsa.

    Dentro había un bolso de cuero color burdeos que llevaba meses mirando cada vez que pasábamos frente a aquella tienda.

    Lo sacó lentamente.

    Lucía abrió mucho los ojos.

    —Mamá, ¡es el bolso que querías!

    Carmen examinó la etiqueta de la marca.

    Su expresión cambió.

    —Elena…

    —Lo vi hace unas semanas.

    —Pero esto es carísimo.

    —Lo sé.

    —¿Cuánto pagaste?

    —Lo suficiente.

    Andrés tuvo que bajar la cabeza para ocultar una sonrisa.

    Carmen me miró.

    —Entonces no entiendo.

    —¿Qué no entiende?

    Señaló el reloj de Javier.

    —Si podías gastar esto en mi regalo, podrías haber comprado algo mejor para tu marido.

    Javier soltó una risa corta, pero sin humor.

    —Mamá, ¿de verdad no entiendes lo absurdo que suena eso?

    —Yo solo…

    —Elena me ha regalado algo que perteneció a papá.

    Carmen guardó silencio.

    Javier acarició la correa del reloj con el pulgar.

    —Algo que creía perdido. Algo que para mí vale mucho más que cualquier reloj nuevo.

    —No he dicho que no tenga valor sentimental.

    —Acabas de llamarlo indecente.

    —No he dicho exactamente eso.

    Antonio intervino desde el otro lado de la mesa.

    —Más o menos sí, Carmen.

    Ella lo fulminó con la mirada.

    —Nadie te ha preguntado.

    Yo miré el bolso que todavía sostenía entre las manos.

    —Pero tiene razón en una cosa.

    Carmen me miró con desconfianza.

    —¿En qué?

    —Quizá los regalos deberían reflejar lo que sentimos por la persona que los recibe.

    —Exactamente —respondió ella rápidamente.

    Asentí.

    —Entonces creo que cometí un error.

    Extendí la mano.

    —Devuélvame el bolso.

    Su expresión cambió.

    —¿Qué?

    —El bolso.

    Lo apretó contra el cuerpo.

    —¿Por qué?

    —Porque después de escucharla criticar el regalo de Javier durante diez minutos, creo que gasté demasiado en el suyo.

    Lucía se tapó la boca.

    Javier miró hacia otro lado, intentando no reírse.

    —No puedes regalar algo y luego pedir que te lo devuelvan —dijo Carmen.

    —Todavía no es su cumpleaños.

    —Pero acabas de dármelo.

    —Tiene razón.

    Sonreí.

    —Entonces considérelo una demostración.

    —¿Una demostración de qué?

    —De cómo se siente alguien cuando otra persona decide cuánto debería valer su regalo.

    Carmen me miró fijamente.

    Por un momento pensé que iba a devolverme el bolso.

    No lo hizo.

    En cambio, lo dejó sobre una silla.

    —Qué desagradable eres cuando quieres.

    —Y aun así me esfuerzo mucho en sus cumpleaños.

    —Yo nunca te he pedido nada.

    Javier soltó una carcajada.

    Todos lo miramos.

    —¿Qué? —preguntó Carmen.

    —Mamá, hace dos meses le mandaste a Elena una foto de ese bolso.

    Carmen palideció ligeramente.

    —Solo le enseñé algo que me gustaba.

    —Tres veces —dije.

    Lucía empezó a reír.

    —Es verdad. A mí también me la mandó.

    —¡No tiene ninguna gracia!

    —Un poco sí —respondió Lucía.

    Carmen volvió a meter el bolso en la bolsa.

    —Pues no lo quiero.

    Me lo entregó.

    —Perfecto.

    Lo cogí sin discutir.

    Eso pareció sorprenderla todavía más.

    —¿Eso es todo?

    —¿Qué esperaba?

    —No sé. Que insistieras.

    —¿Por qué iba a hacerlo?

    Javier se acercó y pasó un brazo alrededor de mi cintura.

    —Creo que deberíamos cenar.

    Carmen permaneció en silencio durante casi toda la comida.

    Pero la historia no terminó allí.

    Una semana después llegó su cumpleaños.

    Normalmente, Javier y yo íbamos juntos a comprarle flores y algún regalo.

    Ese año, Javier me preguntó:

    —¿Qué hacemos con mamá?

    —Lo que tú quieras. Es tu madre.

    —¿Y el bolso?

    —Lo devolví.

    Levantó las cejas.

    —¿En serio?

    —Al día siguiente.

    —¿Y qué le vas a regalar?

    Sonreí.

    —Nada.

    —¿Nada?

    —Ella misma dijo que nunca me había pedido nada.

    Javier soltó una carcajada.

    Finalmente compró unas flores y una caja de bombones de parte de los dos.

    Cuando llegamos a casa de Carmen, miró varias veces nuestras manos.

    —¿Eso es todo? —preguntó finalmente.

    Javier le entregó las flores.

    —Feliz cumpleaños, mamá.

    —Gracias.

    Miró detrás de mí, como si esperara que apareciera mágicamente otra bolsa.

    No apareció.

    Durante la cena estuvo extrañamente callada.

    Hasta que Lucía llegó.

    Traía un paquete enorme.

    —¡Feliz cumpleaños, mamá!

    Carmen lo abrió inmediatamente.

    Era una bufanda.

    Bonita, pero sencilla.

    —Qué preciosa —dijo Carmen.

    —Me alegro de que te guste.

    Yo bebí un sorbo de vino.

    Entonces Carmen me miró.

    Sabía perfectamente lo que estaba pensando.

    Y no pude evitar sonreír.

    —¿Qué? —preguntó.

    —Nada.

    —Estás sonriendo.

    —Solo estaba pensando en algo que me dijo una mujer muy sabia hace una semana.

    Frunció el ceño.

    —¿Qué cosa?

    Dejé la copa sobre la mesa.

    —Que los regalos no son el momento de ser tacaños.

    Javier tosió para ocultar una carcajada.

    Lucía bajó la cabeza.

    Carmen se puso roja.

    Y aquella fue la última vez que criticó cuánto había gastado en un regalo para su hijo.

    Al menos delante de mí.

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