Abrí los ojos.
Durante unos segundos no entendí qué estaba pasando.
Miré el reloj de la mesilla.
8:03.
Luego miré a mi marido, Javier.
Él también estaba despierto.
Los dos permanecimos inmóviles, escuchando los ruidos que llegaban desde la cocina.
Una puerta de armario.
Después otra.
El sonido de una taza colocándose sobre la encimera.
Y finalmente la voz de Carmen:
—¡Javier! ¿Dónde guardáis el café?
Me incorporé lentamente en la cama.
—¿Tu madre está en nuestra cocina?
Javier se pasó una mano por la cara.
—Eso parece.
—¿A las ocho de la mañana?
—Sí.
—¿Un domingo?
Javier cerró los ojos.
—Sí.
Me quedé mirándolo.
—¿Tú sabías que venía?
Esta vez abrió los ojos inmediatamente.
—No.
Eso era importante.
Porque si Javier hubiera invitado a su madre a desayunar sin avisarme, nuestra conversación habría tomado un rumbo completamente distinto.
Me puse la bata y salí del dormitorio.
Javier vino detrás de mí.
Cuando llegamos a la cocina, Carmen estaba de pie frente a la cafetera con su bolso sobre una silla.
Llevaba abrigo, zapatos y esa expresión tan particular que siempre aparecía en su cara cuando estaba a punto de explicar cómo debíamos vivir.
—Buenos días —dije.
Carmen me miró de arriba abajo.
Primero el pelo despeinado.
Luego la bata.
Después mis zapatillas.
—Buenos días —respondió—. Aunque para algunos parece que el día todavía no ha empezado.
Miré el reloj de la pared.
8:07.
—Es domingo.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
Carmen señaló la cocina con una mano.
—Son más de las ocho y aquí no hay ni café hecho, ni desayuno, ni nada.
Javier abrió la boca.
—Mamá…
—No, Javier. Alguien tiene que decirlo.
Apoyé una mano sobre la encimera.
—¿Decir qué?
Carmen me miró directamente.
—Que una casa no funciona sola.
—Eso ya lo sé.
—Pues no lo parece.
Respiré profundamente.
Llevaba toda la semana levantándome a las seis y cuarto.
Trabajaba en una gestoría y tardaba casi cuarenta minutos en llegar a la oficina.
El lunes había vuelto a casa a las siete.
El martes, a las ocho.
El miércoles había hecho la compra.
El jueves había limpiado el baño.
El viernes habíamos cenado casi a las diez porque Javier llegó tarde.
Y el sábado habíamos pasado media tarde ordenando la casa entre los dos.
Lo único que quería aquel domingo era dormir hasta las nueve y media.
Quizá hasta las diez si tenía suerte.
Pero Carmen tenía otros planes.
—¿Cómo ha entrado? —pregunté.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo?
—En casa. ¿Cómo ha entrado?
Javier volvió a pasarse una mano por la cara.
Entonces lo recordé.
La llave.

Se la habíamos dado ocho meses antes, cuando nos fuimos de vacaciones durante una semana y Carmen se ofreció a regar las plantas.
Nunca nos la había devuelto.
—Tengo una llave —respondió como si fuera lo más normal del mundo.
—Ya.
—¿Qué pasa?
—Nada. De momento.
Carmen resopló.
—No entiendo por qué te molesta tanto que venga a ver a mi hijo.
—No me molesta que venga.
—Pues tu cara dice otra cosa.
—Me molesta que entre en nuestra casa sin avisar a las ocho de la mañana.
—No quería despertaros.
Miré a Javier.
Él miró al suelo.
Luego ambos miramos a Carmen.
—¿Y por eso ha empezado a abrir armarios y a llamarlo desde la cocina? —pregunté.
Carmen ignoró la pregunta.
Abrió el frigorífico.
Por supuesto.
—¿Tenéis huevos?
—Sí.
Sacó la caja.
Luego encontró mantequilla.
Después jamón.
—Perfecto. En diez minutos preparo algo.
Cerré los ojos un instante.
—Carmen, deje eso.
—¿Qué?
—Los huevos.
—Voy a preparar el desayuno.
—No hace falta.
—Alguien tendrá que hacerlo.
—No.
Dejó la caja sobre la encimera.
—Elena, un hombre no debería levantarse un domingo y encontrarse una cocina vacía.
Miré alrededor.
Había una nevera llena.
Pan.
Fruta.
Café.
Cereales.
Huevos.
Yogures.
Queso.
Una tortilla que había sobrado de la noche anterior.
La cocina estaba de todo menos vacía.
—Javier tiene cuarenta y tres años —respondí—. Si tiene hambre, sabe dónde está la comida.
Carmen abrió mucho los ojos.
—¡Es tu marido!
—Exactamente. Mi marido.
—Entonces deberías cuidarlo.
Javier intervino.
—Mamá, Elena me cuida perfectamente.
—No estoy hablando contigo.
Aquello consiguió que Javier levantara las cejas.
—Pues estás hablando de mí.
Carmen hizo un gesto de impaciencia.
—No entiendes lo que quiero decir.
—Creo que sí.
Yo crucé los brazos.
—Yo también.
Carmen volvió a mirarme.
—Cuando yo estaba casada, los domingos me levantaba antes que todos. Preparaba café, huevos, tostadas, ponía la mesa…
—Muy bien.
—Y nadie tenía que pedírmelo.
—También muy bien.
—Porque sabía cuáles eran mis responsabilidades.
Ahí estaba.
La palabra.
Responsabilidades.
Miré a Javier.
Él sabía perfectamente lo que estaba pensando.
—¿Y cuáles son exactamente mis responsabilidades? —pregunté.
Carmen pareció sorprendida de que tuviera que explicarlo.
—Cuidar de tu casa. De tu marido. Hacer que haya un ambiente familiar.
—¿Y las responsabilidades de Javier?
Silencio.
—Javier trabaja.
Solté una pequeña carcajada.
No pude evitarlo.
—Yo también trabajo.
—No estoy diciendo que no.
—Entonces vuelvo a preguntar: ¿cuáles son sus responsabilidades?
Carmen miró a su hijo.
Javier apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.
—Buena pregunta.
—No empieces tú también —le dijo Carmen.
—No estoy empezando nada.
—Antes nunca discutías estas cosas.
—Antes tampoco entrabas en mi casa a las ocho de la mañana para comprobar si mi mujer me había preparado huevos.
Tuve que apretar los labios para no reírme.
Carmen se quedó muy seria.
—Solo intento ayudar.
—No —respondí—. Está intentando demostrar que yo hago algo mal.
—Eso te lo estás imaginando.
—Ha entrado y lo primero que me ha dicho ha sido que una esposa normal ya estaría preparando el desayuno.
—Porque es verdad.
—No. Es su opinión.
—Es sentido común.
—No. Es una costumbre que usted decidió seguir en su casa.
Carmen se quedó callada unos segundos.
Después señaló a Javier.
—Míralo. Seguro que tiene hambre.
Javier la miró.
—No tengo hambre.
—Claro que tienes hambre.
—Mamá, creo que sé si tengo hambre.
—No has comido nada.
—Porque acabo de despertarme.
—Precisamente.
Javier suspiró.
—Voy a hacer café.
Carmen sonrió satisfecha y me miró.
—¿Ves?
—Sí —respondí—. Veo a un hombre adulto preparando café.
Su sonrisa desapareció.
Javier soltó una risa.
—Elena…
—¿Qué? Solo estoy describiendo la situación.
Carmen se sentó a la mesa.
—Esto antes no era así.
—¿Qué cosa? —preguntó Javier mientras llenaba la cafetera.
—Las mujeres se ocupaban más de su familia.
Me apoyé contra la encimera.
—¿Sabe qué hice ayer?
Carmen no respondió.
—Lavé dos tandas de ropa. Limpié el baño. Fui al supermercado. Cambié las sábanas. Preparé la cena.
—Nadie dice que no hagas nada.
—Y Javier aspiró la casa, limpió la cocina, sacó la basura y arregló una puerta del armario.
Carmen miró a su hijo.
—¿Tú limpiaste la cocina?
Javier se volvió hacia ella.
—Sí.
Su expresión fue casi cómica.
—¿Por qué?
—Porque estaba sucia.
—Pero Elena…
—Elena estaba limpiando el baño.
—Podía hacerlo después.
Javier dejó la cuchara sobre la encimera.
—Mamá, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
—¿Qué he dicho ahora?
—Que Elena debería limpiar primero el baño y después la cocina mientras yo hago… ¿qué exactamente?
Carmen abrió la boca.
No salió ninguna respuesta.
Javier continuó:
—¿Sentarme en el sofá?
—No exageres.
—Te estoy preguntando.
—Tú haces otras cosas.
—¿Cuáles?
Otra pausa.
Esta vez no pude evitar sonreír.
Carmen me vio.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Te encanta que mi hijo me contradiga.
—No. Me encanta que piense por sí mismo.
Eso la hizo levantarse.
—Siempre haces lo mismo.
—¿Qué hago?
—Intentas ponerlo en mi contra.
Javier se giró inmediatamente.
—Mamá, basta.
Su voz cambió.
Ya no había humor.
Carmen también lo notó.
—¿Qué?
—No vuelvas a decir eso.
—Solo digo lo que veo.
—No. Estás culpando a Elena porque yo no estoy de acuerdo contigo.
—Desde que te casaste…
—Desde que me casé sigo siendo exactamente la misma persona.
—No, Javier.
—Sí, mamá. Solo que ahora tengo mi propia casa y mi propia vida.
La cocina quedó completamente en silencio.
La cafetera empezó a hacer ruido.
Carmen bajó la mirada.
Por primera vez desde que había entrado, parecía no saber qué decir.
Yo decidí no añadir nada.
Javier sirvió tres cafés.
Puso uno delante de su madre.
Otro delante de mí.
Y se quedó con el tercero.
Después abrió el armario y sacó pan.
—¿Quieres tostadas? —me preguntó.
—Sí.
Metió cuatro rebanadas en la tostadora.
Carmen observó todo el proceso.
—Puedo haceros huevos —dijo finalmente.
—No hace falta —respondió Javier.
—No me cuesta nada.
—Mamá.
—¿Qué?
—Si quieres huevos, hazlos para ti.
Carmen lo miró durante unos segundos.
—No tengo hambre.
Javier y yo nos miramos.
No dijimos nada.
Pero ambos pensamos exactamente lo mismo.
Cinco minutos después estábamos desayunando café con tostadas.
Carmen seguía sentada frente a nosotros.
Entonces miré su bolso.
Y recordé la llave.
—Carmen.
—¿Qué?
—Necesito que me devuelva nuestra llave.
La taza se quedó inmóvil a medio camino de sus labios.
—¿Por qué?
—Porque era para emergencias y para regar las plantas cuando viajábamos. No para entrar sin avisar.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Ahora me vas a quitar la llave?
—Sí.
—Soy la madre de Javier.
—Lo sabemos.
—¿Y si pasa algo?
—Nos llama.
—¿Y si no contestáis?
Javier intervino:
—Entonces probablemente estamos durmiendo.
No pude evitar reírme.
Carmen le lanzó una mirada furiosa.
—Muy gracioso.
—Mamá, Elena tiene razón. Danos la llave.
—No puedo creerlo.
Abrió el bolso con movimientos bruscos.
Sacó las gafas.
Un paquete de pañuelos.
La cartera.
Y finalmente la llave.
La dejó sobre la mesa.
—Toma.
La cogí.
—Gracias.
—Espero que algún día no os arrepintáis.
—Si algún día necesitamos que alguien riegue las plantas, se la volveremos a prestar.
Javier volvió a reírse.
Carmen no.
Al menos durante unos segundos.
Después tomó un sorbo de café.
—Está demasiado fuerte.
—Lo ha hecho su hijo —respondí.
Carmen miró a Javier.
—Pues le has puesto demasiado café.
Javier levantó las manos.
—Por fin algo que es culpa mía.
Esta vez me reí tan fuerte que casi derramé el café.
Incluso Carmen tuvo que esconder una pequeña sonrisa.
Pero todavía no habíamos terminado.
A las nueve menos cuarto se levantó para irse.
Se puso el abrigo, cogió el bolso y caminó hasta la puerta.
Antes de salir se volvió hacia nosotros.
—El domingo que viene puedo venir a desayunar.
Javier y yo nos miramos.
—Puedes —dijo él.
Carmen sonrió.
—Perfecto. Vendré a las ocho.
—No —respondimos los dos al mismo tiempo.
Ella frunció el ceño.
—¿Entonces a qué hora?
Miré a Javier.
—A las diez y media —dije.
—¡Eso ya no es desayuno!
—En esta casa, un domingo sí.
Carmen negó con la cabeza.
—No sé cómo podéis dormir tanto.
—Con mucha práctica —respondió Javier.
Ella abrió la puerta.
—Está bien. A las diez y media.
Dio un paso hacia el pasillo.
Luego se detuvo.
—¿Y tengo que llamar antes?
—Sí —dijimos otra vez al mismo tiempo.
Carmen resopló.
—Qué cantidad de normas.
Sonreí.
—Solo dos: avisar antes de venir y no despertar a nadie para comprobar si su hijo ha desayunado.
—Tres —añadió Javier.
—¿Cuál es la tercera?
Javier sonrió.
—Si tienes hambre a las ocho de la mañana, te preparas tú misma el desayuno.
Carmen lo miró indignada.
Luego me miró a mí.
Y finalmente negó con la cabeza mientras salía.
Cuando cerramos la puerta, Javier se quedó unos segundos en silencio.
Después me miró.
—¿Volvemos a la cama?
Miré el reloj.
8:48.
—Por supuesto.
—¿Y el desayuno?
Cogí una tostada del plato.
—Una esposa normal ya ha hecho suficiente por hoy.
Javier se echó a reír.
Y aquella mañana entendimos algo que deberíamos haber dejado claro mucho antes.
El problema nunca había sido el desayuno.
Ni el café.
Ni los huevos.
Ni siquiera levantarse tarde un domingo.
El problema era la idea de que, por ser madre de Javier, Carmen todavía tenía derecho a entrar en nuestra casa, juzgar nuestras costumbres y decidir qué debía hacer yo para ser una “esposa normal”.
Podía preocuparse por su hijo.
Podía aconsejarlo si él se lo pedía.
Podía venir a desayunar con nosotros.
Pero nuestra casa tenía una puerta.
Y a partir de aquel domingo, esa puerta también tenía una regla muy sencilla:
Antes de entrar, había que llamar.

