Mi suegra vio el bolso antes incluso de saludarme.
Yo acababa de entrar en casa.
Dejé las llaves sobre la cómoda del recibidor, me quité los zapatos y todavía llevaba el bolso nuevo colgado del hombro cuando escuché su voz desde el salón.
—¡¿Otra vez te has comprado un bolso nuevo?!
Me quedé quieta un segundo.
Carmen estaba sentada en nuestro sofá con una taza de café entre las manos.
Ni siquiera sabía que iba a venir.
Pero eso tampoco era ninguna novedad.
Mi marido, Javier, estaba junto a la ventana intentando montar algo que había comprado esa misma mañana para sus aparejos de pesca.
Miré a Carmen.
Luego miré mi bolso.
—Buenas tardes a usted también.
—Elena, te estoy preguntando.
—Ya lo sé.
Me quité el bolso del hombro y lo dejé sobre una silla.
Era un bolso normal.
Bonito, sí.
De cuero.
De color verde oscuro.
Lo había visto hacía unas semanas y me había gustado, pero no lo compré en ese momento. Esperé a las rebajas y aquella mañana finalmente lo encontré con un cuarenta por ciento de descuento.
No era una compra que fuera a arruinar nuestra economía.
Pero Carmen lo miraba como si acabara de llegar a casa con un Ferrari.
—¿Cuánto te ha costado?
Javier levantó la cabeza.
—Mamá…
—¿Qué?
—Acaba de entrar por la puerta.
—Solo estoy preguntando.
Sonreí.
Con Carmen, aquella frase siempre significaba problemas.
“Solo estoy preguntando.”
Después venían veinte minutos de comentarios.
—Estaba rebajado —respondí.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Entonces, ¿qué me ha preguntado?
—Cuánto te ha costado.
—Noventa y cinco euros.
Carmen abrió mucho los ojos.
—¡¿Noventa y cinco euros?!
Javier dejó lo que tenía entre las manos.
—Mamá, por favor.
—¡Pero si ya tiene bolsos!
Miré hacia el armario del recibidor.
—Sí. Tengo varios.
—Entonces, ¿para qué necesitas otro?
—Porque me gustó.

Carmen dejó la taza sobre la mesa.
—Ese es precisamente el problema de la gente hoy en día. Compráis cosas simplemente porque os gustan.
No pude evitar sonreír.
—Normalmente esa es una de las razones para comprar algo.
Javier se rio por lo bajo.
Carmen lo miró.
—No sé qué te hace tanta gracia.
—Nada.
—Claro. Tú ríete.
Entonces volvió a mirarme.
—Yo, cuando tenía tu edad, pensaba mucho antes de gastar dinero.
Ahí estaba.
La famosa frase.
Cuando Carmen tenía mi edad, según ella, prácticamente había inventado el ahorro.
Cada vez que comprábamos algo, escuchábamos la misma historia.
Cuando compramos una cafetera nueva, nos explicó que ella había utilizado la misma durante quince años.
Cuando cambiamos el sofá, dijo que el suyo había durado veintidós.
Cuando nos fuimos de vacaciones a Portugal, comentó que en su época la gente no necesitaba viajar tanto para ser feliz.
Y cuando compré unas botas el invierno pasado, me preguntó para qué quería otro par si ya tenía pies.
Sí.
Pies.
No botas.
Pies.
—Me lo pensé —dije.
—Pues no lo suficiente.
Abrí la boca para contestar, pero Javier se adelantó.
—Mamá, Elena trabaja. Puede comprarse un bolso.
Carmen lo miró como si él acabara de decir algo completamente absurdo.
—Yo no he dicho que no pueda.
—Lo parece.
—Estoy diciendo que hay que pensar en el futuro.
Fui a la cocina y saqué una botella de agua de la nevera.
Carmen vino detrás de mí.
Por supuesto.
—Porque hoy son noventa y cinco euros —continuó—. Mañana serán otros cien. Y así se va el dinero.
Me apoyé contra la encimera.
—Carmen, no compro un bolso todos los días.
—Pero tampoco es el primero.
—No.
—¿Cuántos tienes?
La miré.
—¿De verdad quiere que los contemos?
—Solo pregunto.
—Otra vez.
Javier entró en la cocina.
—Mamá, déjalo ya.
Pero Carmen estaba lanzada.
—No entiendo por qué te molesta tanto que me preocupe por vosotros.
—No me molesta que te preocupes —respondió Javier—. Me molesta que conviertas cualquier compra de Elena en una auditoría.
Carmen frunció el ceño.
—Porque alguien tiene que pensar con la cabeza.
Aquella frase me hizo dejar la botella sobre la encimera.
—¿Qué quiere decir exactamente?
—Nada.
—No. Dígamelo.
—Elena…
—No pasa nada, Javier. Quiero saberlo.
Carmen suspiró.
—Simplemente creo que últimamente gastas demasiado.
—¿Últimamente?
—Sí.
—¿En qué?
La pregunta pareció sorprenderla.
—Pues… en cosas.
—¿Qué cosas?
—Ropa.
—Hace tres meses que no compro ropa.
—Bueno, zapatos.
—Los últimos me los compré en invierno.
—Cosméticos.
Casi me reí.
—Uso la misma crema desde hace dos años.
Carmen empezó a ponerse nerviosa.
—No llevo una lista de todo lo que compras.
—Pues por cómo habla, parece que sí.
Javier volvió a intervenir.
—Además, mamá, nosotros no tenemos problemas de dinero.
—Todavía.
Esa palabra hizo que los dos la miráramos.
—¿Todavía? —pregunté.
—Nunca se sabe lo que puede pasar.
—Eso es verdad. Pero precisamente por eso ahorramos todos los meses.
Carmen parpadeó.
—¿Ahorráis?
—Sí.
—¿Cuánto?
Solté una carcajada.
—Eso sí que no se lo voy a decir.
—¿Por qué?
—Porque no es asunto suyo.
El ambiente cambió de golpe.
Carmen se quedó callada.
Javier se pasó una mano por la cara.
Yo conocía aquella expresión.
Estaba esperando la explosión.
Y llegó.
—¡Yo solo intento ayudar!
—Pero nadie le ha pedido ayuda.
—¡Soy la madre de Javier!
—Y yo soy su mujer. Pero tampoco le pregunto cuánto dinero tiene usted en el banco.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque sí.
Me quedé mirándola.
Era increíble la facilidad con la que Carmen podía convertir cualquier conversación en un tribunal donde ella era jueza, fiscal y testigo.
Y yo, casi siempre, la acusada.
Entonces vi algo apoyado junto a la puerta de la terraza.
Un tubo largo de plástico negro.
Lo había visto al entrar, pero no le había prestado atención.
Lo señalé.
—Por cierto, Javier, ¿qué es eso?
Mi marido miró hacia allí.
—Ah.
Y sonrió.
Mala señal.
—Una caña nueva.
Carmen también miró.
—¿Una caña de pescar?
—Sí.
—¿Otra?
Javier se encogió de hombros.
—Sí.
Me crucé de brazos.
—Qué interesante.
Él empezó a reír.
—Elena…
—No, no. Ahora tengo curiosidad.
Me acerqué al tubo.
—¿Cuánto ha costado?
Javier hizo una pequeña mueca.
—No importa.
—Javier.
—Ciento treinta.
Miré a Carmen.
Ella guardó silencio.
Esperé.
Cinco segundos.
Nada.
—¿No va a decir nada? —pregunté.
—¿Sobre qué?
Casi tuve que morderme la lengua para no reír.
—Sobre los ciento treinta euros.
—Bueno, es su afición.
Ahí fue cuando sentí que algo dentro de mí hacía clic.
No fue rabia.
Fue más bien claridad.
Por fin entendí que la conversación nunca había sido realmente sobre dinero.
—Ah —dije—. Es su afición.
—Sí.
—¿Y mi bolso?
—¿Qué pasa con tu bolso?
—¿No puede ser algo que me gusta a mí?
Carmen frunció los labios.
—No es lo mismo.
—Claro que no.
—Una caña puede durar muchos años.
Javier intervino:
—Mamá, tengo seis.
Lo miré.
—¿Seis?
—Bueno…
—¿Tienes seis cañas?
—Técnicamente siete con esta.
Me eché a reír.
—Perfecto.
Carmen se molestó.
—No entiendo qué tiene esto de gracioso.
—Todo.
Fui al recibidor, cogí mi bolso nuevo y regresé a la cocina con él.
Lo puse sobre la mesa.
—Mi bolso: noventa y cinco euros.
Después señalé la caña.
—La caña de su hijo: ciento treinta.
Carmen cruzó los brazos.
—No puedes comparar.
—¿Por qué no?
—Porque Javier trabaja mucho y necesita desconectar.
Me quedé mirándola.
—Yo también trabajo mucho.
Silencio.
—Trabajo cuarenta horas a la semana —continué—. Cocino. Limpio. Hago compras. Pago la mitad de los gastos de esta casa. También ahorro.
Carmen apartó la mirada.
—Nadie ha dicho que no hagas nada.
—No. Pero cuando Javier se compra algo, “se lo merece”. Cuando yo me compro algo, “estoy gastando demasiado”.
—Estás exagerando.
—¿De verdad?
Cogí el bolso.
—Usted me ha preguntado cuánto cuesta.
—Sí.
—Me ha preguntado cuántos tengo.
—Porque…
—Me ha explicado que debería pensar más antes de gastar.
—Era un consejo.
—Y después descubre que su hijo se acaba de gastar treinta y cinco euros más que yo en una caña de pescar y lo único que dice es que es su afición.
Javier bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Carmen lo vio.
—¡Y tú deja de sonreír!
—Es que Elena tiene razón.
Silencio.
La expresión de Carmen cambió.
—Claro.
Javier suspiró.
—Mamá…
—Claro que tiene razón. Desde que te casaste, ella siempre tiene razón.
—No he dicho eso.
—Siempre la defiendes.
—Porque ahora mismo estás siendo injusta.
Carmen tomó su bolso del respaldo de una silla.
—Perfecto.
Yo pensé que la conversación había terminado.
Pero antes de marcharse, volvió a mirar mi bolso.
—De todas formas, noventa y cinco euros por un bolso me parece una barbaridad.
Esta vez no pude contenerme.
—Y ciento treinta por una caña para un hombre que ya tiene seis, ¿no?
—Siete —corrigió Javier.
Lo miré.
—No estás ayudando.
Se echó a reír.
Carmen negó con la cabeza.
—Haced lo que queráis con vuestro dinero.
—Gracias —respondí—. Era exactamente lo que pensábamos hacer.
—Luego no vengáis a quejaros.
—No lo hacemos.
Se puso el abrigo.
Yo la acompañé hasta la entrada.
Cuando ya tenía la mano en el pomo, volvió a mirar el bolso.
—Por lo menos dime que es de buena calidad.
Sonreí.
—Buenísima.
—¿Cuero?
—Sí.
Lo tocó con dos dedos.
—Bueno… por lo menos es bonito.
La miré sorprendida.
Aquello era probablemente lo más parecido a un cumplido que iba a recibir.
—Gracias.
Abrió la puerta.
Entonces miró hacia la terraza, donde seguía la nueva caña de Javier.
—Aunque siete cañas también me parecen demasiadas.
Desde la cocina escuchamos la voz de Javier.
—¡Gracias, mamá!
Carmen salió y cerró la puerta.
Regresé a la cocina.
Javier estaba guardando sus cosas.
Me quedé mirándolo.
—¿Siete?
Sonrió.
—Podemos hablarlo.
—Claro que podemos.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Va a ser un interrogatorio?
Cogí mi bolso nuevo y me lo colgué del hombro.
—No. Porque, a diferencia de tu madre, yo interrogo a todos por igual.
Javier soltó una carcajada.
Yo también terminé riéndome.
Pero aquel día me quedó algo muy claro.
El problema nunca había sido mi bolso.
Ni los noventa y cinco euros.
Ni siquiera el ahorro.
El problema era esa vieja costumbre de pensar que cuando un hombre se compra algo para sí mismo tiene una afición, pero cuando lo hace una mujer está malgastando el dinero.
Y la próxima vez que Carmen volviera a preguntarme:
—¡¿Otra vez te has comprado un bolso nuevo?!
Ya sabía perfectamente qué responderle.
—Sí. Y su hijo se ha comprado otra caña de pescar. Pero, curiosamente, el interrogatorio es solo para mí.

