—¡¿Otra vez te has gastado el sueldo de mi hijo?! —soltó mi suegra nada más entrar en nuestra cocina.
Ni siquiera había terminado de quitarse el abrigo.
Levanté lentamente la vista de la taza de café.
—No —respondí—. Pero sí sé en quién se gastó ayer seiscientos euros.
Javier, que estaba junto al frigorífico, se quedó inmóvil.
Mi suegra, Carmen, parpadeó.
—¿Qué quieres decir?
—Exactamente lo que ha oído.
Era sábado, poco después de las diez de la mañana. Carmen había aparecido sin avisar, como de costumbre. Yo estaba desayunando y Javier acababa de volver de comprar pan.
Todo había empezado por una caja que estaba sobre la encimera.
Dentro había unos zapatos que me había comprado dos días antes. Nada extraordinario: estaban rebajados y los había pagado con mi propia tarjeta.
Pero Carmen vio la caja y no necesitó saber nada más.
—Claro —dijo con desprecio—. Zapatos nuevos otra vez.
—¿Otra vez? —pregunté.
—Elena, no te hagas la tonta. Zapatos, ropa, peluquería, cafés con tus amigas… El dinero se va volando cuando una mujer no sabe controlarse.
Javier cerró los ojos un instante.
—Mamá, empieza bien el día, por favor.
Pero ella ya estaba lanzada.
—Yo solo digo lo que veo. Tú trabajas toda la semana y aquí siempre aparece algo nuevo.
Dejé la taza sobre la mesa.
—¿Está insinuando algo?
Carmen se volvió hacia mí.
—No estoy insinuando nada. Lo estoy diciendo claramente. Mi hijo cobra y tú gastas.
Solté una pequeña risa.
—Qué interesante.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Que esté tan preocupada por el sueldo de Javier precisamente hoy.
Vi cómo Javier apretaba la bolsa del pan.
—Elena…
Lo miré.
—¿Qué?
—No hace falta.
Aquellas tres palabras me confirmaron que él sabía perfectamente adónde iba aquella conversación.
Carmen nos miró alternativamente.
—¿Qué está pasando?
No respondí enseguida.
La noche anterior había abierto nuestra aplicación bancaria para pagar la factura de la electricidad.
Javier y yo teníamos una cuenta común para los gastos de la casa. Cada uno conservaba además su cuenta personal.
Por eso me llamó la atención un movimiento de seiscientos euros desde la cuenta común.
No cincuenta.
No cien.
Seiscientos.
Le pregunté a Javier.
Al principio intentó restarle importancia.
—Luego te lo explico.
Pero insistí.
Y finalmente me contó la verdad.
Miré a Carmen.

—Ayer salieron seiscientos euros de nuestra cuenta.
Su expresión cambió apenas un segundo.
Fue suficiente.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Me recosté en la silla.
—Todavía no he dicho que tenga que ver con usted.
Silencio.
Javier dejó el pan sobre la encimera.
—Mamá, mejor no sigas.
Carmen se volvió hacia él.
—¿Por qué? ¿Ahora tampoco puedo preguntar?
—Puedes preguntar —respondió Javier—. Pero no puedes entrar aquí acusando a Elena de gastar mi sueldo.
—¡Porque alguien tiene que decírtelo! —exclamó ella—. Desde que te casaste, el dinero se te escapa de las manos.
Entonces me levanté.
—Tiene razón en una cosa.
Carmen me miró con una sonrisa de triunfo.
—Por fin.
—Ayer se le escaparon seiscientos euros.
Su sonrisa desapareció.
Cogí mi teléfono y abrí el movimiento bancario.
—Seiscientos euros. A las seis y veintidós de la tarde.
Carmen cruzó los brazos.
—¿Y?
—Javier, ¿quieres explicarlo tú?
Mi marido respiró profundamente.
—Se los presté a mamá.
Carmen se puso roja.
—¡No tienes por qué contarle todo!
La miré sorprendida.
—¿Perdón?
—Es dinero entre mi hijo y yo.
—No cuando sale de nuestra cuenta común.
—¡Es su dinero!
—No. Esa cuenta la financiamos los dos.
Carmen señaló los zapatos sobre la encimera.
—¡Pero para comprarte caprichos sí que no preguntas!
Abrí la aplicación de mi banco y le mostré otro movimiento.
—Ochenta y nueve euros. Mi cuenta personal. Mis zapatos.
Ella apartó la mirada.
—Eso no cambia nada.
—Lo cambia todo.
Javier se acercó a la mesa.
—Mamá, basta.
—¡No, no basta! —gritó Carmen—. ¡Yo soy tu madre! Si necesito ayuda, no deberías tener que pedir permiso a tu mujer.
Me quedé mirándola.
Ahí estaba el verdadero problema.
No eran mis zapatos.
Nunca lo habían sido.
—¿Para qué necesitaba los seiscientos euros? —pregunté.
Carmen se quedó callada.
Miré a Javier.
Él tampoco respondió.
—¿Para una factura? ¿Una reparación? ¿Alguna emergencia?
—Elena… —murmuró Javier.
—Quiero saberlo.
Carmen levantó la barbilla.
—No tengo por qué darte explicaciones.
—Entonces devuelva el dinero a nuestra cuenta.
—¡Qué descaro!
—Carmen —intervino Javier—, Elena tiene derecho a preguntar.
Mi suegra lo miró como si acabara de traicionarla.
—¿Ahora te pones de su parte?
—No se trata de partes.
—¡Desde que estás con ella siempre hay partes!
Javier golpeó suavemente la encimera con la palma.
—Mamá. Los seiscientos euros.
Ella guardó silencio.
Y entonces comprendí algo.
—Usted no se los pidió prestados, ¿verdad?
Javier bajó la mirada.
—Se los di.
—¿Para qué?
Carmen agarró su bolso.
—Me voy.
Me puse delante de la puerta de la cocina, sin tocarla.
—Puede irse cuando quiera. Pero antes quiero saber por qué ayer faltaron seiscientos euros de la cuenta con la que pagamos nuestra hipoteca, la luz y la compra.
Finalmente Javier habló.
—Para el viaje de Lucía.
Me quedé completamente quieta.
—¿Qué viaje?
Carmen cerró los ojos con fastidio.
—Lucía quiere irse unos días con Andrés. Les faltaba dinero para reservar el hotel.
Tardé unos segundos en reaccionar.
—¿Sacaste seiscientos euros de nuestra cuenta para pagar las vacaciones de tu hermana?
Javier negó rápidamente.
—Mamá me dijo que era urgente y que Lucía me lo devolvería el mes que viene.
Miré a Carmen.
—¿Urgente?
—Ya habían encontrado una oferta.
No pude evitar reírme.
—Una oferta.
—No pongas ese tono.
—¿Y usted entra esta mañana en mi casa, ve una caja de zapatos de ochenta y nueve euros que pagué yo y me acusa de gastarme el sueldo de su hijo después de conseguir que él sacara seiscientos euros para las vacaciones de su hija?
Carmen abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Javier se pasó una mano por la cara.
—Mamá, Elena tiene razón.
—¡Claro! ¡Ahora yo soy la culpable de todo!
—No —respondí—. Pero a partir de hoy hay una cosa que va a cambiar.
Cogí el teléfono.
Javier me miró.
—¿Qué haces?
—Mover mi parte del dinero.
—¿Adónde?
—A mi cuenta.
Carmen soltó una carcajada.
—¡Mira qué rápido enseña los dientes cuando se trata de dinero!
La miré directamente.
—Precisamente. Porque ya he entendido que aquí la única persona cuyo dinero necesita protección es el mío.
Javier se acercó.
—Espera, Elena. Hablemos primero.
—Hablaremos. Pero los gastos de la casa no van a seguir financiando regalos que tú decides hacer a escondidas.
—No quería ocultártelo.
—Ayer te pregunté y me dijiste “luego te lo explico”.
No respondió.
Carmen cogió su abrigo.
—No pienso quedarme aquí para que me humilles.
—Nadie la está humillando.
—¡Me estás tratando como una ladrona!
Negué con la cabeza.
—No. Una ladrona habría cogido el dinero sin que Javier lo supiera. Usted hizo algo mucho más sencillo: consiguió que su hijo creyera que decirle que no a su madre lo convertía en un mal hijo.
La cocina quedó en absoluto silencio.
Carmen miró a Javier esperando que reaccionara.
Pero esta vez él no dijo nada.
Ella se puso el abrigo de golpe y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Algún día entenderás que la familia está para ayudarse.
Asentí.
—Totalmente de acuerdo.
Carmen frunció el ceño.
—Entonces no entiendo tu problema.
Sonreí.
—Que ayer su hija necesitaba seiscientos euros para unas vacaciones y hoy, según usted, la derrochadora soy yo.
Javier bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Carmen abrió la puerta.
—No tiene ninguna gracia.
—Para mí tampoco.
Se marchó dando un portazo.
Durante unos segundos Javier y yo nos quedamos solos en silencio.
Después señalé el teléfono que todavía tenía en la mano.
—Ahora sí. Vamos a hablar de esos seiscientos euros.
Javier tomó asiento frente a mí.
Y por primera vez aquella mañana, entendió que el verdadero problema no era el dinero que había salido de nuestra cuenta.
Era que había decidido gastarlo sin contar conmigo.
Y eso iba a costarle bastante más que seiscientos euros arreglarlo.

