Hoy hice algo simple, algo banal: salí de mi casa. Pero lo que me esperaba afuera no lo había anticipado en absoluto. En cuanto crucé la puerta, una oleada de miradas me golpeó. Miradas sorprendidas, miradas curiosas, como si mi simple presencia hubiera alterado el orden del mundo.
Sin embargo, no llevaba nada fuera de lo común: unos pantalones cómodos, una camiseta sencilla, zapatillas como siempre. Pero esas miradas eran intensas, como si fuera un extraterrestre o un personaje que no reconocían.

Los murmullos empezaron a extenderse, pero no podía captar lo que se decía. Sonrisas nerviosas, susurros, gestos furtivos… todos parecían intrigados, pero no tenía idea de por qué.
Me detuve un momento, tratando de entender qué estaba pasando. Y fue entonces cuando lo vi. En el reflejo de un escaparate, me observé: mi peinado, como siempre, un poco desordenado, mis gafas un poco torcidas…
Pero nada que justificara esa mirada generalizada de asombro. Entonces hice un rápido repaso de mi ropa: nada raro, nada chocante. ¿Por qué esa mirada fija sobre mí?

Tal vez había olvidado algún detalle, algún cambio que no había notado, o tal vez solo era el azar de un día demasiado soleado para su gusto. Lo que sabía es que no tenía ninguna explicación.
Después de unos minutos, las miradas se fueron desvaneciendo, la gente volvió a sus ocupaciones, como si nada hubiera pasado. Seguí caminando, pensando que la vida a veces es muy extraña, y que todo puede cambiar por algo invisible a simple vista. Pero aún no lo entendía.
